domingo, 12 de julio de 2015

Postales de una tarde de domingo

Sentí una punzada atravesando mi estómago, como cuando el hambre grita después de haber llegado hace mucho rato sin avisar, y caminé apresurado, sin mucho ánimo, a buscar almuerzo. A la salida del almacén me esperaba la calidez del mediodía y un corredor del centro comercial a cielo abierto en medio de vitrinas a lado y lado, alumbradas por la luz blanca de las lámparas. El sol brillaba con potencia. No había tanta gente como para quererme ir ni tan poca como para sentirme cómodo.

Las vitrinas estaban habitadas por maniquís vestidos con ropa nueva, posando con la naturalidad de la gente en una postal de vacaciones, miraban una pareja de jóvenes que estaba quieta, con el aspecto de quien llega de un desayuno al aire libre un día soleado a señalar una falda verde y pálida. Al lado de la pareja, en otra vitrina, junto a un jarrón con flores de papel azul, un maniquí cadavérico arropado con una chaqueta de gorro esquimal observaba indiferente a alguien que lamía despacio un cono derritiéndose con apuro: una señora con cara de señora y cuerpo de señora, maquillada con alegría de muchacha, apretada a la brava en ropa de joven. El vidrio reflejaba la lengua de la mujer que se paseaba lentamente por la crema blanca del helado, y una cara larga con los ojos quietos en las botas aterciopeladas del maniquí.

Tomé otro corredor sin vitrinas, donde encontré una piscina de pelotas de colores, dos caballos mecánicos rojos y la pista de los carros chocones. Había una niña sola que manejaba el único carro encendido, estaba concentrada en los carros quietos y avanzaba hacia ellos a toda máquina pero sin superar la velocidad de un peatón  parsimonioso. Vi en los ojos de la niña el brillo perdido de las muñecas cuando su dueña se embelesa maquillándolas. Después de chocar un carro, reversaba a la mitad de la lentitud con la que había acelerado, sonreía,  aceleraba otra vez para embestir de nuevo y el carro se deslizaba  despacio emitiendo un sonido constante y manso que contrastaba con la sonrisa silenciosa de la niña. Chocó una vez, dos veces, varias veces más. Detrás de la reja blanca que rodeaba la pista, una mujer aplastada en una silla batía un abanico floreado mientras observaba a la niña. El encargado de los juegos sostenía su cabeza con el brazo que a su vez era sostenido por el panel de botones. Esta escena la observé mientras caminaba, hasta que tropecé con un letrero amarillo de letras rojas puesto con cuidado para advertir a los visitantes de no tropezar.

Cuando alcancé el primer escalón para subir a la zona de comidas, los olores desfilaron sin gobierno: la esencia gustosa de los caldos cocinados a fuego lento, la fragancia fuerte de los pescados dorados a la plancha, la frescura de los vegetales recién lavados, salpicados en vinagreta. En la mitad de las escaleras el aroma recio de la carne de res asada comandó la bienvenida.  Ya en el segundo piso, sin alcanzar a ver las mesas todavía, escuché el crepitar de las papas congeladas cayendo al aceite hirviendo, la bulla empedernida de las licuadoras, y el susurro de las carnes bronceándose al rojo de los carbones.

Por fin vi las mesas, rebosaban de tanta comida que hacía imposible pensar que no hay suficiente en el mundo para alimentar a toda su gente. Apuré el paso después de ver la foto de una hamburguesa grande en la que se asomaba una carne gruesa y jugosa, la ordené en una de las cajas registradoras sin despegar la mirada del cartel en donde la promocionaban.

Mientras esperaba, noté el bullicio ininteligible de la multitud reunida en un sitio cerrado. En la mesa contigua, dos jóvenes de rasgos indígenas, con las caras pintadas, las narices atravesadas por un palillo largo y vestidos con gorros emplumados, túnicas de lino blanco y tenis vistosos, permanecían de pie mientras uno golpeaba un tambor pequeño y el otro soplaba una vara larga de bambú. « Ojos azules, no llores, no llores ni te enamores…», entonaba con voz dulce el mismo que tamborileaba. Los músicos estaban en frente de una mujer que revolvía, apática, un arroz de colores opacos.

En el cuadro contrastaba la alegría del banquete con la frialdad inapetente de los comensales: la sonrisa de un pescado frito opuesta a la cara larga de un señor afeitado con dejadez, el regocijo de una carne bañada en chimichurri frente al descontento de un niño llorón, la comodidad de los limones arrellanados en los bordes de un vaso ante los signos de impaciencia de una mujer con el ceño fruncido.

Cuando llegó mi hamburguesa, la música se detuvo, el volumen de los murmullos empezó a disminuir y las miradas de todos se dirigieron, en orden coreográfico, hacia una mesa ubicada en el centro de la zona de comidas. Sobre ella reposaban dos platos de comida recién servida y dos bebidas aún con los hielos sin derretirse. Cada persona que se iba callando codeaba a quien estuviera a su lado, llamando su atención. Hubo un silencio tenue, quebradizo. Una mujer, con los labios brillantes por la grasa de su comida, apuntó con su boca, tirando un beso insonoro, a la mesa de la mitad.

Mientras daba el primer mordisco a mi comida, la sala pasó del mutismo a una suma de murmuraciones ascendente que empezó a poblarla en una sinfonía escalonada. Todos fruncían el ceño, renegaban con indignación, exigían que alguien tuviera la decencia de fingir ganas de comer eso que ellos tampoco querían. Mastiqué mi bocado más veces de las que cualquier persona pudiera contar. Una niña apartó su mirada de la mesa, cruzó los brazos y apretó con fuerza su boca, pero quien debía de ser una tía no muy querida, le embutió una cucharada repleta de sopa, repelida con fiera obstinación hasta regarse en el vestido.  

De pronto, de los baños, o no sé de dónde, apareció una pareja bronceada caminando muy lento, tomada de gancho. Ella, cojeaba porque tenía una rodillera ortopédica negra que le inmovilizaba una parte de la pierna izquierda; mientras el joven seguía sus pasos como un espejo. Tomé un trago grande de gaseosa que me ardió en la garganta. Ellos continuaron la procesión seguidos por las miradas de todos y se sentaron. El público suspiró aliviado y volvió a aburrirse en sus platos.

La pareja miró la comida, se miraron entre ellos, hablaron suave. La chica revolvió el jugo para que no se asentara sin quitar los ojos de un lugar definido e inamovible del piso, el color del vaso cobró vida en un amarillo intenso, tomó por la punta una papa frita, la mordió con desgano; mientras el hombre le decía algo con vehemencia entristecida, ella meneó su cabeza de un lado a otro, volvió a mirar el suelo, apartó el plato y empezó a llorar. Repetía su negación con la cabeza. Él le suplicaba, hasta que apartó también su plato. Se pararon. Todos en la zona de comidas volvieron sus cabezas con distintos ademanes de reproche. La pareja, indiferente, caminó otra vez, despacio, ahora para alejarse de la mesa.

De un mordisco gigante terminé lo que quedaba de mi hamburguesa para ir detrás de ellos. Tomé mi plato vacío para entregarlo con orgullo al señor que limpiaba las mesas, lo recibió sin mirar el plato y sin mirarme. Apuré mi paso para alcanzar a la pareja que iba hacia el ascensor, esta vez sin caminar sincronizados, el joven trató de rodear con su brazo la cintura de la chica, pero ella cojeó un poco más rápido y se adelantó un paso y medio, él se apresuró sin cojear, hasta ponerse a su lado, de nuevo al mismo ritmo de ella. Siguiéndolos volví a ver todos los platos de las mesas: presas de pollo asado a medio morder, pescados enteros y destrozados, ensaladas marchitas, vasos medio vacíos. Ya en la puerta del ascensor, mientras esperaban, la chica lloraba abrazada a él. Miré sus hombros, su pelo largo hasta la cintura, su pierna inmovilizada, su pantorrilla, el tatuaje arriba del talón que en letra cursiva decía Happy




domingo, 10 de agosto de 2014

No morderás



La pregunta política por excelencia es:
¿cuál es el pasado que ahora adelanta su mandíbula?
Pascal Quignard[1]

Luchamos por dejar atrás un pasado que, como la sombra, no nos abandona. La lucha consiste en dejarlo ahí, en el ostracismo. Cuando emerge, luce como una amenaza que puede sustraernos algo, quizá lo más preciado.

***
En el partido Uruguay vs Italia de la primera ronda del mundial de Brasil 2014, el delantero Luis Suárez se abalanza sobre el defensa italiano Chiellini y lo muerde en el hombro. Hay una imagen, de hace un año antes en la Copa Confederaciones, en la que Suárez aparece detrás del mismo Chiellini, justo encima del hombro, con las fauces abiertas y los dientes prestos al ataque. En esa ocasión no lo alcanzó, aun así no era el primer caso, antes había mordido a dos jugadores más: a Ivanovic del Chelsie de Inglaterra y a Bakkal cuando jugaba en Holanda.

Este hecho, y su respectiva sanción, tuvieron diversas reacciones. Algunos, incluido el presidente de la nación, José Mujica, y la Asociación Uruguaya de Futbol (AUF) en pleno, optaron por la negación del hecho, incluso señalaron que el defensa Chiellini pudo haber tenido esa lesión previamente y exigieron un examen forense. La mayoría coincidió en que debía ser sancionado, pero que el castigo fue excesivo. Opinan que la FIFA no está juzgando al futbolista sino a la persona, al incluso prohibirle, como a los perros, la entrada a los estadios. Ramón Besa señala la doble moral del ente rector del fútbol, al sancionarlo con nueve partidos internacionales y la prohibición de ejercer cualquier actividad vinculada con el fútbol durante cuatro meses, pero sí permitir su venta a otro equipo: “Hay que mantener el negocio y aplicar el fair play. Así es de hipócrita la FIFA, de nuevo populista y arbitraria: no se sabe por qué meter el dedo en un ojo, dar un codazo, pegar un cabezazo o romper la tibia y el peroné sale más barato que un mordisco”[2].

Comparto lo que dice el columnista de El País de España sobre el ánimo de lucro descarado de la FIFA, su voracidad frente a los países organizadores del mundial. En cambio creo que tal vez sí haya una respuesta al porqué es más grave para el reglamento un mordisco que una patada alevosa que atente contra la integridad de un futbolista.

Es claro, un mordisco (bueno, depende del lugar) no te saca del partido, ni te incapacitaría para jugar el próximo, hay otro tipo de faltas con mayor riesgo para un futbolista. Un escupitajo es menos lesivo que un codazo, pero también tiene una sanción mayor (hasta ahora la mayor sanción en un mundial, un año, la tiene un iraquí por escupir a un árbitro; colombiano, por demás). No es la agresión al futbolista o a la ley (el árbitro) lo que se midió en este caso, es la amenaza a la sociedad en su conjunto lo que castiga la FIFA; hace siglos, suponen, hemos dejado de querer comernos unos a otros. Algunos casos de canibalismo aún presentes (los sobrevivientes de un accidente aéreo en los Andes, quienes terminaron comiéndose unos a otros para poder sobrevivir, casualmente eran uruguayos) nos convencen de que es un impulso superado por las personas normales. El hecho de que algunos lo hagan solo muestra lo extremo de la situación o lo trastornados que están; pero no la sociedad, esta ya ha superado su pasado animal, piensan.

***
Alguien expresaba que el atractivo del boxeo es que va directo al motivo de toda contienda, abatir al rival. Pero la acción de Suárez está por fuera de la competencia, el futbol es un deporte de conjunto, al morder al rival no se está buscando derrotarlo (en el caso del futbol, anotar más goles que el rival), el impulso que satisface es totalmente egoísta, individual. Un mordisco no es una falta típica del juego del futbol, ni de ningún otro deporte. La mano de Dios, ese engaño que aún avergüenza a la FIFA, es una burla al reglamento, pero aun así la intención era buscar el resultado. En el caso de Suárez ocurre otra cosa. Suárez, la mayor parte del tiempo, juega para su equipo, pero a veces juega sólo para sí mismo. De ahí la severidad de la sanción de la FIFA, a un exceso se responde con otro exceso, se expulsa de la manada. Aquellos que se alejan del redil, siempre serán señalados y juzgados como el mayor peligro, ya que nos pueden recordar la clase de especie que somos. Pero, ¿qué clase de especie somos?

Aceptamos, no sin cierta alarma, que los niños muerdan en la guardería, un poco menos en el jardín y nunca en la escuela, al avanzar en la socialización solo se muerden los alimentos cuando comemos sentados en la mesa. Si persisten esas aspiraciones de morder y ser mordido, deben restringirse a la esfera de lo privado y, más aún, a lo íntimo. “Más que un castigo puro y simple, justo pero ciego, un caso como el de las mandíbulas de Suárez debería corregirse con una sanción condicionada: el jugador volverá a los campos de juego cuando un terapeuta certifique que su afición a hincar el diente ha desaparecido. Mientras tanto, que muerda algo en casa”[3]. Creemos que morder es solo un desperfecto momentáneo, una falla en la educación, que un terapeuta puede corregir, el impulso de morder a otro semejante queda por fuera de la esfera de lo humano.

Como pertenecientes a una noble especie, con el destino manifiesto de proteger a otras especies y salvar al planeta (por lo menos en las tiras cómicas), suponen, quienes hacen una lectura progresista de la teoría de la evolución, que el proceso de civilización y por ende de humanización (el cual empieza después de la hominización) consistió en una separación paulatina de los demás animales. Un humano es un animal que ha dejado de serlo; incluso la expresión “animal” se emplea en el habla cotidiana para designar a alguien bruto, de comportamiento instintivo y grosero. Pero tal vez esta idea no sea más que la elaboración secundaria que encubre un origen oscuro. La sociedad se sostiene en la amnesia del acto fundacional de sí misma.

Según Pascal Quignard, las primeras sociedades humanas se formaron como jaurías en busca de alimentos, primero como carroñeros y luego como cazadores, la idea de sociedad surgió de la imitación de las fieras que nos devoraban. No fue separándonos de los animales que nos convertimos en humanos, por el contrario, nos hicimos humanos imitando a los animales, a nuestros depredadores. De la caza fue emergiendo la domesticación, no solo de las plantas y los animales, sino de los semejantes, una expresión más elaborada, civilizada si se quiere, pero al fin de cuentas velada, de la cacería.

Posteriormente, las sociedades se mantuvieron en la amnesia de ese acto, infame para las costumbres de una especie hecha a imagen y semejanza de dios. La FIFA con su severidad sale a la defensa de los nobles orígenes de la sociedad, o más bien de su olvido. Ese mordisco nos trajo un pasado que preferimos desconocer. La sanción, inexorable, era imprescindible para que la gente de bien pudiera dormir más tranquila al saber que no somos “eso”, simplemente Suárez es un enfermo que merece castigo y, si es posible, ayuda psiquiátrica.

La naturaleza o la esencia humana es algo que sigue en discusión, otros optimistas dirán que en construcción; Nietzsche hablaba del hombre como algo que ha de-venir, y se entusiasmó con el Superhombre, seguramente a este no le habría quitado los dientes, ni hubiese sancionado el placer de usarlos a su antojo. ¿Qué es, entonces, lo humano?, seguimos ensayando maneras de ser.

***
El acto de Suárez develó a la FIFA, su política intervencionista que no es otra que la del mordisco, el cual deja a la presa (el país anfitrión) herida y sangrante. Quizá en ningún otro caso como en este, la definición de política dada por el  diputado francés Jules Delahaye en 1892 se ajuste tanto a los hechos que presenciamos en este mundial: “Es el saqueo a plena luz del día de la fortuna de los ciudadanos, de los pobres, de los necesitados, por hombres que tienen la obligación de protegerla”[4]. Lo más asombroso de la definición es sin duda “a plena luz del día”. Al final, después de ayudarles a cargar el botín, hay que darle las gracias a la FIFA por el saqueo.

A los días, Suárez reconoció que sí había mordido a su colega, pidió públicamente perdón al afectado y a la sociedad en general y prometió no volver a hacerlo. Esta disculpa, presionada por el club dueño de los derechos deportivos del jugador tratando de mantener su valor comercial, dejó sin piso la teoría de José Mujica. A pesar de la ingenuidad del presidente de Uruguay fue de los pocos que entendió lo que se estaba jugando en esta sanción, y no dudó en tildar a los dirigentes de la FIFA como “una manga de viejos hijos de puta”.

Fue un acto egoísta, sí; antideportivo, sin duda; pero en todo caso liberador, mostró que algunos, a veces, pueden sacudirse, por un instante, de la domesticación que sostiene a la sociedad y nos mantiene obedientes a sus designios. A Suárez lo desactivaron, la FIFA le puso el bozal, y a través de él nos mandó un mensaje a todos: “no se les olvide que aquí la única que muerde soy yo”.








[1] Quignard, Pascal (2013). Los desarzonados. Buenos Aires: Cuenco de plata.
[2] Tomado de: “El bochorno de la FIFA” http://deportes.elpais.com/deportes/2014/06/26/mundial_futbol/1403801968_761269.html?rel=rosEP (Consultado el 26 de junio de 2014)
[3] Tomado de: “Afición a la dentellada” http://elpais.com/elpais/2014/06/26/opinion/1403811548_572009.html (Consultado el 26 de junio de 2014)
[4] Quignard, Pascal (2013). Los desarzonados. Buenos Aires: Cuenco de plata, p194.

martes, 4 de febrero de 2014

Con la nada entre las manos

Seda de Alessandro Baricco

En una noche de insomnio, intento todas las técnicas conocidas para atraer el sueño. Al fin me levanto, los músculos se tensan con el frío capitalino. Al frente está Monserrate, iluminado con luces navideñas parece aprobar mi decisión: prender un cigarrillo y releer Seda de Alessandro Baricco.

Hace exactamente un año, había comprado el libro en Buenos Aires, allí, en cambio, el calor era sofocante aun en las noches. La leí en un solo día mientras viajaba en el subte, cuando paraba en algún parque para descansar del trajín a la sombra de un árbol o cuando disfrutaba de un café en el Ateneo; antiguo teatro hoy convertido en librería. Su extensión es poco más de cien páginas, cuando regresé al hostel en la tarde, solo me faltaban los últimos apartados. Que una historia de viajes se leyera mientras me desplazaba de un lado a otro de la ciudad porteña me pareció un presagio.

Al regresar a Colombia hablé de ella con mis amigos, encantados también con la prosa de Baricco. Escribir sobre ella se perfilaba como un compromiso desatendido. Un año después, alistando el equipaje para viajar a Bogotá, incluí a último momento el libro, al lado de una selección de cuentos de Arreola. Pensé que esta insólita historia podría ser una buena compañía para un viaje de ocho días. Tal vez en esta ocasión alguna idea saldría para escribir sobre una obra que Italo Calvino hubiera aprobado con regocijo. Más que un homenaje al maestro, Seda evidencia que, como pocos, Baricco ha incorporado las propuestas de Calvino para el nuevo milenio: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad. 


El libro está compuesto de sesenta y cinco apartados que en este caso son movimientos o piezas de baile. La musicalidad de Baricco resiste la traducción, es una obra idónea para ser leída en voz alta. Con Seda es posible bailar con la música del silencio. La narración es secuencial y cronológica sin pretender crear un cuadro acabado. Por el contrario, resaltan múltiples puntos de fuga que el lector debe seguir para completar los vacíos que surgen. La prosa está libre de cualquier digresión, con las mínimas oraciones, el esqueleto, diría un anatomista, presenta una multitud de imágenes simultáneas. La precisión de Baricco es la de un experto billarista.

El género de esta obra es indeterminado, para Baricco no es un cuento largo ni una novela corta, y es algo más que una historia de amor. Para mí es una obra que tiene la rapidez de un relato de viajes, la concisión de un poema y el encanto de las historias de amor que encubren una trasformación subjetiva. El protagonista, mientras viaja haciendo su trabajo, encuentra el objeto de amor, al final de sus días solo conserva historias por contar. Es la historia, no de lo que se gana, si no de lo que se pierde con los viajes, con la vida.

Hervé Joncour era, por deseo de su padre, un aspirante a oficial del ejército hasta que conoce a Baldabiou:

Tenía una idea, solo le faltaba el hombre adecuado. Se dio cuenta de que lo había encontrado cuando vio a Hervé Joncour pasar por delante del café de Verdun, tan elegante con su uniforme de alférez de infantería y orgulloso de su porte militar de permiso. Tenía veinticuatro años en aquel entonces. Baldabiou lo invitó a su casa, abrió delante de él un atlas repleto de nombres exóticos y le dijo
—Felicidades. Por fin has encontrado un trabajo serio, muchacho (Baricco, 1997: 16).

Termina ganándose la vida viajando a Japón, a través de Europa, África y Asia, para comprar huevos de gusanos de seda para un pequeño pueblo textil de Francia en el siglo diecinueve. Es un precioso caso de levedad sostener una novela con una estructura de tan delicado origen. Son estas delgadas cadenas las que usa Baricco para atrapar al lector sin forzarlo, es una invitación a la que se responde con una entrega.

La exactitud en el dibujo de los personajes recuerda a los pintores expresionistas,  con unos pocos trazos perfilan toda una historia. Esto dice Baricco de Hervé Joncour: “Gozaba discretamente de sus posesiones y la perspectiva, verosímil, de acabar siendo realmente rico le dejaba completamente indiferente. Era, por lo demás, uno de esos hombres que prefieren asistir a su propia vida y consideran improcedente cualquier aspiración a vivirla” (p. 11).

La imperturbabilidad del personaje es compartida por el narrador omnisciente que cuenta la historia, ajeno a cualquier valoración moral de las acciones de sus personajes. “Los productores de seda de Lavilledieu eran, quien más quien menos, gente de bien, y nunca habrían pensado en infringir ninguna de las leyes de su país. La hipótesis de hacerlo en la otra punta del mundo, sin embargo, les pareció razonablemente sensata.” (24) Esta bella ironía indica cómo Baricco rehúye el maniqueísmo de dividir a las personas en buenas y malas. Como lo reafirma en una declaración de Hervé Joncour: “—Debo comunicaros una cosa muy importante, monsieur. Damos todos asco. Somos todos maravillosos, y damos todos asco” (p. 77).


Del último viaje,  Hervé Joncour no trae ni los huevos ni la mujer que lo enamoró, pero él ya es otra persona. Alguien que palpó la nada, que escuchó el silencio, que vio lo invisible: “(...) permaneció inmóvil, mirando aquel enorme brasero apagado. Tenía tras de sí un camino de ocho mil kilómetros. Y delante de sí la nada. De repente vio algo que creía invisible. El fin del mundo” (p. 85).

Hervé Joncour comprende, al final de sus días, luego de varias pérdidas, incluida la de su esposa, que lo más buscado estuvo siempre al alcance de su mano. Esta es precisamente la historia de amor que mencionaba, de la cual no diré nada, no por evitar arruinar la lectura del libro, sino porque después de leerla se darán cuenta que no hay nada más que decir.


Quizá lo más curioso en la transformación de este personaje es su vivencia del tiempo. Luego de recorrer miles de kilómetros comprendió que el tiempo, como lo ha planteado la física desde Einstein, es una dimensión del espacio: “La vida discurría en voz baja, se movía con una lentitud absoluta, como un animal acorralado en su madriguera. El mundo parecía estar a siglos de distancia” (p. 42). Es evidente que nos movemos o detenemos a voluntad en el espacio, con el tiempo no ocurre lo mismo. Este nos atraviesa, inmutable, sin que podamos hacer nada. La disposición espiritual que alcanza este personaje le permite superar esta restricción: “Se puso a observar la luz que temblaba, borrosa, en la lámpara. Y, con cuidado, detuvo el Tiempo durante todo el tiempo que lo deseó” (p. 49).

La seda es, en sí misma, un símbolo de levedad, capaz de sostener lo más pesado. Algo que comprendíamos muy bien los niños cuando jugábamos a los elefantes que se balanceaban en la tela de una araña. “Una vez había tenido un velo tejido con hilo de seda japonés. Era como tener la nada entre los dedos” (p. 23). Asir la nada entre las manos, ¿no es precisamente esto lo que pretende un escritor avisado de la irrealidad de las palabras?


Baricco, Alexandro (1997). Seda. Barcelona: Anagrama.






martes, 17 de diciembre de 2013

Provocaciones

¿De dónde vienen las respuestas a las preguntas que martillan las cabezas de los filósofos y exégetas de la vida? No puedo decirlo. Aunque poco me he interesado en temas metafísicos, estoy seguro de que en la solución de todo interrogante se halla un evento azaroso. Detallo los lomos de mis libros organizados con devoción en la biblioteca. Sin embargo, en esta noche de un verano pegachento, son tantos los zancudos que no puedo concentrarme y empiezo a soñar con un ejército de arañas pequeñas y delgadas que instalen redes efectivas para atraparlos. Como no tengo el ejército de mis sueños, olvido mis cavilaciones y consulto, en folletines y enciclopedias, cómo remediar el agobio que me causa el zumbido de tanto bicho en el aire. Algunos estudiosos recomiendan el uso de complejos dispositivos, otros sugieren clausurar la habitación por días, incluso indican la preparación de insólitas sustancias viscosas para embadurnarse de pies a cabeza, obstaculizar las picadas y atrapar algunos insectos vivos. Al no darme por satisfecho con las respuestas que otros han intentado dar a mi problema, decido hacer algo útil de la literatura: tomar once libros, abrir los diez más deslucidos y deteriorados, esparcirlos como trampas en el piso del cuarto y esperar a que algún insecto ingenuo caiga.

Tomo el undécimo libro para apaciguar la espera, es el que más me gusta: pequeño, de pasta dura, que deja mi cabeza hecha un plomo siempre que lo leo. Después de hojearlo durante dos horas y treinta y tres minutos sin que ninguno de los otros libros cumpliera su función de trampa, ingresa al cuarto un zancudo enorme. Los demás insectos huyen en formaciones  caóticas o en retiradas solitarias. El zancudo y yo quedamos solos. Se posa en una de las líneas del libro que está en mis manos, el único que no quiero manchar con sangre:

"...hablar no sirve de gran cosa cuando no se tiene nada que decir..."

El zancudo gigante se pavonea por esta línea, de izquierda a derecha, sin parar, como si supiera que no hay signos de puntuación. Después de terminar, vuela de nuevo al comienzo de la frase, la relee, esta vez más despacio, y salta a la línea siguiente:

"−hablamos demasiado, demasiado −añade, mirándome con las pupilas dilatadas..."

El zancudo se detiene y me mira a los ojos con esa parte en la que estarían dilatadas sus pupilas si las tuviera o si yo pudiera verlas. Quiero aplastarlo pero solo encuentro la malquerencia hacia mis instintos asesinos que me impide cerrar el libro con fuerza. Mis manos palpitan. Este zancudo es más temerario que todos los hombres más osados que he conocido. Continúa leyendo:

"…en seguida bosteza nuevamente y me muestra una boca delicada como un juguete…"

El desparpajo del zancudo relamiéndose la probóscide hace que mi sangre empiece a hervir, y mientras mi sangre más se calienta, el zancudo más se relame. Permanezco inmóvil.  Mi corazón retumba como un tambor de combate, el insecto mira con gustoso apetito el sitio donde succionará mi sangre. Cierro el libro bruscamente y lo abro de nuevo, rápido, en la misma hoja en donde creo que estará aplastado. No está. Entonces pienso que es un animal sabio, conocedor de todos los secretos del mundo y por eso mismo fastidioso. Un insecto plagado del tedio que da el conocimiento y la fatiga de la búsqueda perpetua. Me horrorizo al imaginar ese bicho zumbándome en la oreja durante toda la noche. Miro hacia arriba y lo veo volar carcajeándose, retándome. Me levanto a perseguirlo con el undécimo libro sin importar que se empiece a deshojar mientras lo abro y lo cierro, batiendo ambas tapas para matarlo. Tropiezo. Hojas, cubiertas, lápices, separadores y libros, todo queda desparramado. Lo logro. Sus restos sangrientos permanecen en una línea de las hojas sueltas que yacen en el suelo:

"...una cosa es luchar contra la curiosidad y otra, haberla vencido..." 



miércoles, 30 de octubre de 2013

Orfandad cósmica

 Yo idolatraba a Willy, ¿cómo podría decirlo de otra manera? Para mí, en aquellos años, un ídolo era un ser venido de otro mundo. Y Willy sí que lo parecía. Para convencerse de ello bastaba ver su modo de andar, bamboleándose con cierta cojera, sus brazos y sus piernas agitándose involuntariamente, como si sus articulaciones estuvieran unidas con cuerdas. Cuando se movía parecía el esqueleto humano que había en el salón de biología, adonde las niñas no se atrevían a entrar porque entre varios compañeros alzábamos la osamenta y hacíamos como si caminara, y lo más gracioso era que se zangoloteaba como Willy. De igual manera, su casa parecía de otro mundo, con ese montón de muebles y adornos de madera oscura (en mi casa todo era de tubos blancos o de madera clara), tan atiborrada que incluso parecía faltarle la luz a cualquier hora. La comida también parecía traída de otro planeta con esos sabores amargos, picantes y salados. La verdad, no disfrutaba mucho los platos que me ofrecían (nunca he soportado los sabores fuertes), pero me gustaba estar en la mesa con su papá, su mamá y sus dos hermanas. Eran muy divertidos, y me encantaba esa fragancia de aloe que expelían sus pieles. Todo esto ejercía en mí una fascinación avasallante. Por eso trataba de pasar el mayor tiempo posible junto a él. No estábamos en el mismo grupo en la escuela, pero en cuanto almorzaba, yo salía corriendo a tocar la puerta de su casa (ubicada al frente de la mía) para invitarlo a vagabundear. Caminábamos toda la tarde, inventando juegos con lo que se nos atravesara: una rama, una piedra, un grillo, un envase. De esos vagabundeos me gustaba mucho que Willy no hablara. De hecho, casi nunca lo hacía ni en la escuela ni en su casa. Yo sí que hablaba. Le contaba historias fantásticas sobre mis experiencias sexuales, excursiones cinematográficas con otros amigos (todos imaginarios), compras de artículos inverosímiles y otras invenciones. La impasibilidad del rostro de Willy ante mis narraciones no me permitía saber si las disfrutaba o no, si se burlaba de mí o si festejaba mis audacias. Siempre tenía esa cara de no sentir ni entender nada. Solo dos veces lo vi turbado. Una de ellas fue cuando le rompí la cara de una pedrada, sin querer, por supuesto. Ocurrió una tarde en un sendero del parque, cuando encontré una piedra redonda. Después de sostenerla unos segundos, la lancé hacia arriba, con la plena convicción de que no caería sino que seguiría subiendo hasta perderse en el espacio exterior. Contrario a mis expectativas, la piedra empezó a caer poco después de haberla lanzado. Cuando miré hacia abajo, tratando de predecir dónde caería, vi que se dirigía justo hacia la cabeza de Willy que se entretenía partiendo una rama. Grité su nombre para alertarlo. El volteó, y en el mismo instante en que me miró, la piedra lo golpeó en el pómulo izquierdo. De inmediato se acuclilló, dejó caer la rama y se llevó las manos a la cara. Me puse junto a él de un salto, y me agaché para ver qué le había pasado. Me miró como pidiéndome que no lo dejara caer a un abismo. Fue la única vez que vi terror en sus ojos. Aunque la herida sangraba profusamente, ya de camino a casa Willy no intentaba detener la hemorragia ni limpiarse el rostro. Como consecuencia de esa pedrada, a Willy le quedó una cicatriz magnífica en forma de una pequeña serpiente, que no cambió su expresión imperturbable, por el contrario, la acentuó. Esa forma de mirar, ahora potenciada, tan alejada de este mundo, me hacía pensar que Willy estaba a salvo de cualquier sufrimiento, y yo lo envidiaba por eso. Esa envidia me llevó a robarle, tal vez con el propósito de obtener algo de su extraño mundo. El robo sucedió un atardecer que se alargaba casi hasta las siete, por eso recuerdo el episodio bajo una luz onírica. Después de una de nuestras excursiones nos disponíamos a entrar a su casa. Cuando estábamos en la entrada del jardín él vio algo en el suelo, lo recogió y resultó ser un billete. En ese momento imaginé que esas eran las señales que Willy recibía de su mundo, desde donde alguien disponía todo para facilitarle la vida, de ahí que no se ocupara de esta realidad. Pero al instante siguiente maldije la entidad protectora de mi amigo y lamenté mi orfandad cósmica. Luego me asaltó la convicción de que ese billete estaba destinado a mí, pero la arrogancia de Willy lo hacía pensar que todas las señales iban dirigidas a él, inferí. Sin embargo, no dije nada y entramos a la casa. Willy se dirigió de inmediato a su alcoba y puso el billete, con mucho cuidado, en la parte alta de su armario. En un momento en el que fue al baño, tomé el billete y lo escondí en mi zapato izquierdo. Cuando regresó lo invité afuera a patear el balón un rato. Ya en mi casa, el billete me pareció un objeto en verdad extraterrenal, con unos extraños dibujos diminutos. Casi no dormí de la emoción que sentía por ser el propietario de tal prodigio. Al otro día se lo enseñé a todos mis compañeros de grupo y después del almuerzo lo guardé en mi armario antes de ir a buscar a Willy. Lo encontré sentado en la entrada del jardín, contemplando sus zapatos con mirada triste (fue la segunda y la última vez que vi su rostro turbado por algo). Verlo así me entristeció a mí también. “¿Qué te pasó?”, le pregunté. “Se me perdió el billete”, me respondió, a punto de llorar. Enfrentado a sus ojos, comprendí qué era la compasión, pero no podía decirle que yo me había llevado el billete, con seguridad no me hubiera perdonado haberle infligido ese dolor, incluso podríamos dejar de ser amigos después de una confesión tal. De pronto, comenzó a llorar sin hacer ningún ruido, y una lágrima recorrió su cicatriz. Esta exacta coincidencia me pareció un espectáculo tan maravilloso que no me resistí y recogí su lágrima con mi pulgar, sintiendo la rugosidad de su cicatriz, un contraste entre la suavidad del líquido y la aspereza de la piel injuriada. Me detuve en esa sensación, no sé cuánto tiempo después abrí mi mano para sentir también la tersura de su mejilla. Él no se movió, ni siquiera me miró, tampoco dijo nada. Mientras me deleitaba con esa discrepancia entre el líquido, la cicatriz y la piel intacta, mi mamá me gritó desde la puerta de nuestra casa: “Vení ya mismo”. No tuve más remedio que dejarlo solo con su tristeza. Al entrar, vi que mi mamá tenía una correa en la mano, una muy mala señal que anunciaba un inminente suplicio sin apelación. Antes de gritar de nuevo me asestó el primer correazo. Vociferaba con esa profusión de saliva que la caracterizaba cuando la dominaba la rabia. “¿Qué te he enseñado?”, bufaba, “¿por qué tenés que hacer esas cochinadas?” Cuando escuché esto empecé a lamentar haber robado ese billete. ¿A qué más podía referirse con “esas cochinadas”? No tenía idea de cómo se había enterado, pero era inútil intentar averiguarlo. Lo mejor era pedir piedad. Entonces empecé a gritar en medio de la andanada de correazos: “perdóname, mamita, no lo vuelvo a hacer”, acentuando el tono de terror e intercalando lloriqueos agudos. Cuando ya estaba cansada, paró la lluvia de correazos, respiró hondo varias veces y al final dijo: “Está bien. No lo volvás a hacer. No quiero verte otra vez tocando a ese negro”. Hasta ese momento yo no había caído en cuenta de que mi amigo pertenecía a esa categoría que le revolvía las tripas a mi mamá. Su boca se convertía en una mueca como de vómito cada vez que despotricaba de “esos negros”. Nunca me había imaginado que mi ídolo pudiera despertar esos sentimientos de animadversión. Es más, podría decir que hasta ese momento yo no había visto que Willy era negro.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Una razón para escribir


 
Cómo alguien deviene escritor es una pregunta tal vez obligada en las entrevistas sobre la creación literaria, pero en principio es un enigma que un lector atento busca descifrar en la obra de los escritores que lo conmueven. La literatura nos ofrece algunos atisbos explícitos, como es el caso de Cartas a un joven poeta, un testimonio de los avatares a los que se debe enfrentar un escritor en ciernes. Allí, Rainer Maria Rilke, luego de suscitarle la pasión por capturar la belleza en imágenes, le da a su aprendiz la indicación esencial para seguir su camino: dedicarse a la escritura sí y solo sí es lo único que puede mantenerlo con vida, “admita que usted moriría si se le prohibiera escribir”[1]. El futuro escritor debe poner su vida en función de la escritura, para que esta sea algo auténtico y no un entretenimiento pasajero.

Difundido en algunos medios literarios, dicho precepto, en apariencia certero y bien intencionado, encierra la falacia de que el escritor pertenece a una estirpe privilegiada. El acto de escribir, pensado de este modo, alimenta la vanidad de los que aspiran a la eternidad. Así, la escritura es un arreglo floral y la vida apenas un anhelo de un futuro que rectificará el pasado. En contravía a esta corriente, existen algunos autores que no ubicaron en el más allá la motivación de su escritura. Es el caso de Reinaldo Arenas, quien se asumió efímero y disfrutó con fervor los placeres fugaces. 

La vida del festivo escritor cubano no estaba en función de la escritura para la consecución de un noble ideal. Desde su infancia advirtió la cercanía de la muerte, obligar al mundo a ser distinto por medio de las palabras fue el talismán con el que protegió su vida. Su obra no fue una evitación o un triunfo sobre la muerte, fue la celebración de su inmanente presencia. En su autobiografía –empezada en las azoradas noches de la Habana cuando era un prófugo de la policía castrista y terminada bajo los padecimientos de una enfermedad terminal en un cuarto de Nueva York– nos da su testimonio: “La muerte siempre ha estado muy cerca de mí; ha sido siempre para mí una compañera tan fiel, que a veces lamento morirme solamente porque entonces tal vez la muerte me abandone”[2]. Su escritura fue un hechizo  con el que venció el miedo paralizante frente a la acechanza de la muerte y, a la vez, el caudal que le permitió gritar lo que el buen juicio ordenaba callar. 

El germen de este ímpetu es lo que nos insinúa en Celestino antes del alba. Es el estreno en el ámbito editorial de Reinaldo Arenas (1968), la primera novela de una pentagonía que no alcanzó a publicar en su totalidad.  El escenario de la narración es una finca en un alejado pueblo tropical donde habita la familia de Celestino: su abuelo, un mayoral con todos los atributos del padre de la horda primordial; su abuela, entrenada para odiar, se lamenta de su progenie y de lo que le ha permitido a su esposo; su tía, una mujer burlada y deshonrada por un hombre que la abandonó; su primo, el niño-narrador, amedrentado por los ataques de su madre y abuelos, recibe de improvisto la gracia de poder contar la historia. En un ambiente insalubre y amenazante, cada personaje solo desea la muerte de los otros, y la propia. 

Excepto Celestino. Llegó a la casa de sus abuelos luego de la muerte de su madre, quien compartió la suerte de su tía, pero a diferencia de esta no quiso esperar más. Junto a la inquina natural de sus familiares, Celestino debe soportar el oprobio por la acción más infame, escribir: “Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni una hoja de mangüey por enmarañar. Ni el lomo de una yegua. Ni las libretas de anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos de las matas”[3].

Escribir poemas fue la ofensa mayor que Celestino infligió a sus parientes. Los vecinos dejaron de hablarles por lo deshonroso de su conducta. “Abuela dice que se le cae la cara de la vergüenza al pensar que a uno de sus nietos le haya dado por esas cosas. Y abuelo (con el hacha siempre a cuestas) no hace más que maldecir”[4]. Las acciones son vertiginosas y alucinantes. En un ambiente onírico se desarrolla la historia que no tiene principio ni final, en ella resaltan secuencias pero solo para quedar subsumidas en una atmósfera general de acoso y persecución. Como en Pedro Páramo, los personajes viven como muertos y mueren para nunca descansar; no hay posibilidad de escape.

Su primo, el niño-narrador, es el único que lo acoge, y desde el primer encuentro descubre una cercanía profunda con Celestino: “Y empezamos a hablar como ya estábamos acostumbrados: sin decir ni media palabra”[5].  Aparte de compartir el lecho, los juegos, los miedos y los sueños, Celestino se convierte en su héroe. No es un detalle menor que la novela la narre un personaje secundario. Indica que el escritor no es el héroe, ya que desde Homero los héroes mueren jóvenes. El escritor es quien sobrevive para contar la historia, como en el caso de Horacio en Hamlet. Esta novela muestra que Reinaldo Arenas también los supo, pero tal vez  no pudo sustraerse a la tentación de convertirse en héroe.

La novela escenifica la pugna constante entre la creación y la destrucción, entre el devenir y la eternidad. Cada vez que Celestino avanza en la escritura del poema infinito, que no es más que la vida en busca de su realización, el Abuelo, nuevo Cronos que devora a su prole, pasa con el hacha derribando los árboles; no sabe leer, pero entiende que esas líneas encierran algo bello. La eternidad no permite que la creación vea la luz, pues solo acepta la perenne repetición de lo mismo. Celestino no teme al Abuelo, su poesía es un desafío, es el arma con la que el héroe se enfrenta y derrota a la eternidad, por más que derrumbe todo lo que escribe.  Para mí, Celestino, niño-viejo que escribe poemas en los troncos de los árboles, es un personaje que guardo como un regalo. Es la voluntad poética encarnada en una voz que replica la belleza de la que carece el mundo. Su inquieto silencio, su eterno dolor nos hablan del desgarramiento que experimentan los seres abrumados por la belleza en un entorno que la rechaza. 
                                              
Esta novela corta, o gran poema épico, es una obra sobre el origen de la escritura. Además de recrear varios sucesos de la infancia de Reinaldo Arenas, representa el drama de un escritor en guerra con un sistema que lo constriñe y hostiga; pero que, como una maldición, no puede dejar de dibujarlo en sus creaciones literarias. Para Arenas la muerte estaba asegurada, y mientras la esperaba… escribía. Rilke habría muerto si le hubieran prohibido escribir. Arenas por su parte deseó la muerte cuando ya los muchachos no lo miraban en los sitios de ligue.  Hasta ahora he presentado ambas experiencias, la de Rilke y la de Arenas, como antagónicas. En realidad, son dos facetas distintas que conforman un mismo altar para la muerte. La primera es una aspiración al más allá, una escritura con la eternidad como horizonte. En la segunda, si bien habita el más acá, la tierra, el presente, la vida queda ahogada en la omnipresencia de la muerte; al no saber vivir de otro modo que no fuera con la muerte a cuestas, Reinaldo Arenas se bebió la vida de un solo sorbo.  

Su escritura es un sorbo, eso sí, del mejor ron que se ha producido hasta ahora en la isla de Cuba. Desde Celestino antes del alba, pasando por El mundo alucinante y El palacio de las blanquísimas mofetas, hasta llegar a su autobiografía Antes que anochezca, su obra es una de las más intensas e imprescindibles de la literatura latinoamericana. A parte de las comentadas aquí, pueden existir muchas razones por las que alguien decide escribir, o tal vez no haya ninguna especial. Devenir escritor quizá sea el producto de una serie de acontecimientos indescifrables, o acaso solo sea el afán de un impetuoso lector que intenta encontrar un porqué para sentarse a escribir.






[1] Rilke, Rainer Maria (1996). Cartas a un joven poeta. Barcelona: Norma, p14.
[2] Arenas, Reinaldo (1992). Antes que anochezca. Barcelona: Tusquets, p23

[3] Arenas, Reinaldo (1980). Celestino antes del alba. Caracas: Monte Ávila editores, p16
[4] Ibíd., p.97
[5] Ibíd., p. 11

miércoles, 16 de octubre de 2013

No hay nada que ver

Por Fernando Agudelo

Considerando la inestabilidad del terreno y la imprudente llegada de los vientos del oriente, que por ciertas épocas del año visitan las planicies abandonadas de aquellas tierras arrasando los capotes de los autos y los postes que sirven como tendederos de ropa, decidió construir un hogar subterráneo. La idea no era muy original, si bien ninguno de sus vecinos lo había hecho antes. Las ventajas eran evidentes: mucho más calor almacenado, posibilidad de ampliación ilimitada, pero sobre todo, la certeza de poder ausentarse en el mismo punto sin necesidad de acudir a técnicas extrañas y excentricidades inútiles como las realizadas por algunos de sus compañeros de estancia que habían decidido, en actitudes francamente intolerables, marcharse; tapiar sus casas; dedicarse a labores agrícolas; construir barcos; experimentar nuevos usos de los cardos, tales como elevarlos atados a un cordel, viajar con ellos en los bolsillos, llevarlos a los supermercados, depositarlos en la sección de quesos y espiar sus actuaciones o simplemente recolectarlos, hacer bolas y dejarlos en la buhardilla hasta que optaran por separarse.

Debía elaborar un plano y seguir las especificaciones de la arquitectura subterránea moderna que, dentro de sus nuevos lineamientos, tanto de estructura como de ornamentación, recomienda olvidar las columnas y soportes externos y centrarse mejor en la construcción de espacios bajos que den al desplazamiento del cuerpo la sensación de serpiente que tanto merece y precisa. Se establecería así todo un estilo de desplazamiento inusual que reemplazaría la obsoleta posición simiesca y erguida que acostumbran los habitantes de este lugar, la cual, quizás, está en la base de su necesidad de imitar todo lo que ven y lo que no. 

Pero, ¿qué reptil hace planos para vivir? Los únicos que planean algo son los que van a pie y luego en camioneta, y no siempre les funcionan los planes ni los planos. Lo mejor es comenzar a excavar y terminar pronto con este techo a treinta y cinco centímetros de altura y abrir un salón lateral que sirva de dormitorio, con un pozo profundo para usarlo como letrina, lo difícil será sentarse. Después, construir un sendero mullido que sirva de corredor y una dorada chimenea en el centro, excavada poco a poco y sembrada de leños crujientes que elevarán una estilizada columna de humo evocativa de la delgadez y austeridad espacial diseñada en la arena, amén del calor que esparcirá por toda la casa. Así reptar será un oficio cálido.

Los niños, los fisgones del hoy y del mañana, responden más prontamente al llamado natural y comienzan a indagar ocularmente. Con palitos de erguén amarrados unos de otros abren agujeros del diámetro de un ojo pequeño y observan a El Serpiente que ya se mueve de un lado a otro. Grita que les dirá a sus papás que están destruyendo la casa de un vecino. Pero los niños durante la comida cuentan lo que ven y los padres no pueden creerlo, teniendo como premisa que hay que ver para creer, y no ver también para llegar a la misma conclusión. Entonces deciden fisgonear otro día porque ya no son niños y pueden dilatar un deseo al menos por algunas horas.

Entre tanto, los niños van lanzando sapitos y salamandras por el agujero de la chimenea. En los documentales han visto a las serpientes comer eso, también ratas y hombres, sólo que un papá no cabe por la chimenea, pero un amiguito sí, por lo que hay que pensar quién sirve de comida para El Serpiente, quien mientras tanto ha asegurado su alimentación, precaria, pues no había pensado en ello. Siempre hay algo que se pasa por alto, y evitando pensar en excentricidades, la comida se esfuma de la mente. Repta hasta la hornaza dispuesta para asar los sapitos, que crujen durante algunos segundos para ser devorados después en el salón lateral. Esta solidaridad involuntaria de los niños sólo puede ser explicada por un instinto animal que los recorre a cada momento como una adhesión de especie y que se va extinguiendo con los años para dar paso a una nueva faceta de tecnología mental mecanizada que hará de ellos adultos preocupados por llantas o transporte de quesos o maquinaria, no importa qué. El caso es que cambian (aunque siguen siendo animales) y se les olvida que pueden alimentar un Serpiente por el agujero de una chimenea y ver cómo dobla la esquina de la alcoba principal para ingresar al baño donde depositará el sobrante de los ratones y las salamandras que a fuerza de costumbre come sin dificultad. 

Hasta que un día cae un niño, o mejor lanzan a un niño o pegan a un niño, el dato objetivo es que hay un niño asándose al carbón y no se niega que el instinto carnívoro de un hombre es fuerte y perenne como el canto de una cascada, así se haya convertido en serpiente, y ese olor seduce. Pero algo por dentro, más allá de la posición corporal y de la especie animal a la que se pertenezca, invita a abandonar el deseo de dar un buen mordisco a la jugosa carne y desplazarse hasta la hornaza, retirar al niño y dejarlo llorar, porque de allí no puede salir debido a su regordeta figura.

Sí ve, por ser tan gordo no puede moverse, le dice El Serpiente al crujiente llorón y sale arrastrándose hacia la cocina para regresar con un poco de agua extraída del pozo subterráneo, se la ofrece y espera a que algún papá haga cuentas, se percate de la falta de un hijo y comience su búsqueda.

Aunque ya hay una preocupación general más apremiante que el faltante infantil, corresponde a las autoridades sofocarla. Es inexplicable, increíble, sospechosamente peligroso que un hombre decida enterrarse y parecer una serpiente cuando hay muchas otras actividades más lucrativas que pueden ser observables y criticables sin tantas dificultades. Además, no deben incentivarse en la mente imaginativa de los niños ideas improductivas y cercanas a una atrocidad animal sin precedentes dentro de la comunidad. Sin embargo, conociendo bien a dicho vecino, examinando rigurosamente los recuerdos sobre él y sus comportamientos, era previsible tal decisión.

Era un espécimen raro desde hace rato, dice el padre de uno de los fisgones.

Siempre hacía cosas que ninguno de nosotros hacía, dice otro.

El asentimiento de los padres junto con el de las madres, confirma que el pasado de El Serpiente es mucho más bestial que su condición actual. Por tanto, su transformación se revela ahora como una consecuencia inevitable por ser él mismo distinto a ellos. Pero en fin, no es de identidad ni mucho menos de detalles de personalidad en lo que se encuentran interesadas las autoridades, sino en la manera de hacer salir, atrapar y juzgar a aquel disociador anticomunitario de quién ahora se sabe que tiene un niño gordito en su poder con no se sabe qué indigestas intenciones. El llanto de la madre gotea por la chimenea y humedece los pequeños leños de El Serpiente. Aquello lo impacienta  aún  más que el hecho de que no lo escuchen cuando les grita que para salir, el malnacido culicagao entrometido este, que ya se ha vuelto aficionado a las salamandras y las devora con fruición, debe adelgazar, porque no cabe por el agujero de la chimenea. Nadie se explica por qué una cosa luego de entrar se niega a salir por la misma hendidura por donde entró. Sin embargo, no racionalicemos en un momento tan apremiante como el que vive El Serpiente con un huésped inoportuno y hambriento.

Entre tanto, la policía, haciendo gala de su efectividad, declara haber localizado al menor desaparecido y se apresta a rescatarlo, no sin antes advertir la naturaleza salvaje del captor y el total desconocimiento de las razones del rapto.  Aunque hay claros indicios, por los testimonios recabados, de los signos de perversión de El Serpiente y el interés por hacerse a un niño como forma de aprovisionamiento para los meses de invierno. Es decir, para servir de alimento. Esto explica claramente que eligiera a un niño bien nutrido y no a un escuálido hijo de padres trabajadores que probablemente solo se alimenta de cereales y arroz con huevo. Pero estas son especulaciones de la autoridad. Los hechos son hechos y la claridad es el signo que acompaña las devastadoras intenciones del subterráneo hombre-serpiente. Además, un aspecto un poco más técnico se eleva dentro de la mente perspicaz de los investigadores: la posibilidad de que el niño desarrolle una nueva variante del síndrome de Estocolmo y decida, merced a su mente trastornada a causa del trauma por el secuestro, no enamorarse sino identificarse con su raptor y se transforme en una nueva cría de serpiente.

Aunque no lo crean, una preocupación similar asalta a El Serpiente sobre el comportamiento manifestado por el niño fisgón. Pues si él mismo decidió arrastrarse, nada, dentro de un razonamiento sano, juicioso, ponderado, podría negar la posibilidad de que el niño se transforme en un hurón o en cualquier otro enemigo de aquel animal que se mueve sobre su vientre, lo que tendría como resultado un peligro inminente para su vida. Además, por la voracidad del niño no habría nada de extraño si su hambre terminará dominando el poco cerebro que ha desarrollado. Nunca se sabe. Por tal motivo, las raciones de salamandras y sapitos son cada vez mayores para el niño, con el fin de apaciguar su apetito antes de que ingresen los cuerpos de rescate, o quien quiera que vaya a ingresar al hogar subterráneo a llevarse a la bestia.

En la superficie, los medios comienzan a cubrir la noticia y no dejan escuchar con su alboroto los gritos de El Serpiente, la masticación rápida del niño ni las comunicaciones de la policía que se apresta a irrumpir en las entrañas del hogar de un desadaptado.

¿Hace calor? ¿Hace frío? ¿Llueve? A quién le importa, si las lágrimas de una madre opacan cualquier sol o sobrepasan cualquier lluvia. Las señoras se visten bien porque parece que ha llegado Animal Planet a filmar.

¡Pero que no es un animal!, le dicen las vecinas al camarógrafo.
¡Cómo que no! Si se arrastra, y antes caminaba en dos patas.
Más bien es una mente criminal.
Ah, una Criminal Mind. También sirve.

En este momento, la policía enciende periódicos para hacerlo salir, esgrime garrotes, retira a los curiosos mientras el más perspicaz se pregunta qué harán si cuando lo atrapen le dan la casa por cárcel; porque no es lo mismo tener a un delincuente en la puerta de la casa, o saliendo a la tienda, o escapando a robar otro poco que tener a una serpiente. ¿Quién le va a hacer la visita domiciliaria o va a revisar que no tenga televisor ni DVD ni equipo de sonido? La madre llora frente a la cámara del Animal Planet o de las mentes criminales y pide celeridad. “¡Sáquenlo!” La policía ahora duda: una visita domiciliaria… y si de pronto muerde, al menos ya tiene un gordo…pero el deber es el deber y ya con las cámaras… y este relato… Hay que entrar, hay que sofocar ese monstruo. Nadie se queda en el primero. El que prueba un niño se ceba. Así que hay que darle en la cabeza, que las serpientes no aguantan garrotazos.

-Lo que grabe va para Animal Planet. Fílmele la cabeza cuando lo saquen.
 – Es verdad, es cabezón el niño, ya lo filmé. Viene riendo.

Ahora traen a El Serpiente. Muerto. O parece. No lo dejan ver. Se le nota la piel escamosa. O puede ser el pantalón.