Yo
idolatraba a Willy, ¿cómo podría decirlo de otra manera? Para mí, en aquellos
años, un ídolo era un ser venido de otro mundo. Y Willy sí que lo parecía. Para
convencerse de ello bastaba ver su modo de andar, bamboleándose con cierta
cojera, sus brazos y sus piernas agitándose involuntariamente, como si sus
articulaciones estuvieran unidas con cuerdas. Cuando se movía parecía el
esqueleto humano que había en el salón de biología, adonde las niñas no se
atrevían a entrar porque entre varios compañeros alzábamos la osamenta y
hacíamos como si caminara, y lo más gracioso era que se zangoloteaba como Willy.
De igual manera, su casa parecía de otro mundo, con ese montón de muebles y
adornos de madera oscura (en mi casa todo era de tubos blancos o de madera
clara), tan atiborrada que incluso parecía faltarle la luz a cualquier hora. La
comida también parecía traída de otro planeta con esos sabores amargos,
picantes y salados. La verdad, no disfrutaba mucho los platos que me ofrecían
(nunca he soportado los sabores fuertes), pero me gustaba estar en la mesa con su
papá, su mamá y sus dos hermanas. Eran muy divertidos, y me encantaba esa
fragancia de aloe que expelían sus pieles. Todo esto ejercía en mí una
fascinación avasallante. Por eso trataba de pasar el mayor tiempo posible junto
a él. No estábamos en el mismo grupo en la escuela, pero en cuanto almorzaba,
yo salía corriendo a tocar la puerta de su casa (ubicada al frente de la mía)
para invitarlo a vagabundear. Caminábamos toda la tarde, inventando juegos con
lo que se nos atravesara: una rama, una piedra, un grillo, un envase. De esos
vagabundeos me gustaba mucho que Willy no hablara. De hecho, casi nunca lo
hacía ni en la escuela ni en su casa. Yo sí que hablaba. Le contaba historias
fantásticas sobre mis experiencias sexuales, excursiones cinematográficas con
otros amigos (todos imaginarios), compras de artículos inverosímiles y otras
invenciones. La impasibilidad del rostro de Willy ante mis narraciones no me
permitía saber si las disfrutaba o no, si se burlaba de mí o si festejaba mis
audacias. Siempre tenía esa cara de no sentir ni entender nada. Solo dos veces
lo vi turbado. Una de ellas fue cuando le rompí la cara de una pedrada, sin
querer, por supuesto. Ocurrió una tarde en un sendero del parque, cuando
encontré una piedra redonda. Después de sostenerla unos segundos, la lancé
hacia arriba, con la plena convicción de que no caería sino que seguiría
subiendo hasta perderse en el espacio exterior. Contrario a mis expectativas,
la piedra empezó a caer poco después de haberla lanzado. Cuando miré hacia abajo,
tratando de predecir dónde caería, vi que se dirigía justo hacia la cabeza de
Willy que se entretenía partiendo una rama. Grité su nombre para alertarlo. El
volteó, y en el mismo instante en que me miró, la piedra lo golpeó en el pómulo
izquierdo. De inmediato se acuclilló, dejó caer la rama y se llevó las manos a
la cara. Me puse junto a él de un salto, y me agaché para ver qué le había
pasado. Me miró como pidiéndome que no lo dejara caer a un abismo. Fue la única
vez que vi terror en sus ojos. Aunque la herida sangraba profusamente, ya de
camino a casa Willy no intentaba detener la hemorragia ni limpiarse el rostro.
Como consecuencia de esa pedrada, a Willy le quedó una cicatriz magnífica en
forma de una pequeña serpiente, que no cambió su expresión imperturbable, por
el contrario, la acentuó. Esa forma de mirar, ahora potenciada, tan alejada de
este mundo, me hacía pensar que Willy estaba a salvo de cualquier sufrimiento,
y yo lo envidiaba por eso. Esa envidia me llevó a robarle, tal vez con el
propósito de obtener algo de su extraño mundo. El robo sucedió un atardecer que
se alargaba casi hasta las siete, por eso recuerdo el episodio bajo una luz
onírica. Después de una de nuestras excursiones nos disponíamos a entrar a su
casa. Cuando estábamos en la entrada del jardín él vio algo en el suelo, lo
recogió y resultó ser un billete. En ese momento imaginé que esas eran las
señales que Willy recibía de su mundo, desde donde alguien disponía todo para
facilitarle la vida, de ahí que no se ocupara de esta realidad. Pero al
instante siguiente maldije la entidad protectora de mi amigo y lamenté mi
orfandad cósmica. Luego me asaltó la convicción de que ese billete estaba
destinado a mí, pero la arrogancia de Willy lo hacía pensar que todas las
señales iban dirigidas a él, inferí. Sin embargo, no dije nada y entramos a la
casa. Willy se dirigió de inmediato a su alcoba y puso el billete, con mucho
cuidado, en la parte alta de su armario. En un momento en el que fue al baño,
tomé el billete y lo escondí en mi zapato izquierdo. Cuando regresó lo invité
afuera a patear el balón un rato. Ya en mi casa, el billete me pareció un
objeto en verdad extraterrenal, con unos extraños dibujos diminutos. Casi no
dormí de la emoción que sentía por ser el propietario de tal prodigio. Al otro
día se lo enseñé a todos mis compañeros de grupo y después del almuerzo lo
guardé en mi armario antes de ir a buscar a Willy. Lo encontré sentado en la
entrada del jardín, contemplando sus zapatos con mirada triste (fue la segunda
y la última vez que vi su rostro turbado por algo). Verlo así me entristeció a
mí también. “¿Qué te pasó?”, le pregunté. “Se me perdió el billete”, me
respondió, a punto de llorar. Enfrentado a sus ojos, comprendí qué era la
compasión, pero no podía decirle que yo me había llevado el billete, con
seguridad no me hubiera perdonado haberle infligido ese dolor, incluso podríamos
dejar de ser amigos después de una confesión tal. De pronto, comenzó a llorar
sin hacer ningún ruido, y una lágrima recorrió su cicatriz. Esta exacta
coincidencia me pareció un espectáculo tan maravilloso que no me resistí y
recogí su lágrima con mi pulgar, sintiendo la rugosidad de su cicatriz, un
contraste entre la suavidad del líquido y la aspereza de la piel injuriada. Me
detuve en esa sensación, no sé cuánto tiempo después abrí mi mano para sentir
también la tersura de su mejilla. Él no se movió, ni siquiera me miró, tampoco
dijo nada. Mientras me deleitaba con esa discrepancia entre el líquido, la
cicatriz y la piel intacta, mi mamá me gritó desde la puerta de nuestra casa:
“Vení ya mismo”. No tuve más remedio que dejarlo solo con su tristeza. Al
entrar, vi que mi mamá tenía una correa en la mano, una muy mala señal que
anunciaba un inminente suplicio sin apelación. Antes de gritar de nuevo me
asestó el primer correazo. Vociferaba con esa profusión de saliva que la
caracterizaba cuando la dominaba la rabia. “¿Qué te he enseñado?”, bufaba,
“¿por qué tenés que hacer esas cochinadas?” Cuando escuché esto empecé a
lamentar haber robado ese billete. ¿A qué más podía referirse con “esas cochinadas”?
No tenía idea de cómo se había enterado, pero era inútil intentar averiguarlo.
Lo mejor era pedir piedad. Entonces empecé a gritar en medio de la andanada de
correazos: “perdóname, mamita, no lo vuelvo a hacer”, acentuando el tono de
terror e intercalando lloriqueos agudos. Cuando ya estaba cansada, paró la
lluvia de correazos, respiró hondo varias veces y al final dijo: “Está bien. No
lo volvás a hacer. No quiero verte otra vez tocando a ese negro”. Hasta ese
momento yo no había caído en cuenta de que mi amigo pertenecía a esa categoría
que le revolvía las tripas a mi mamá. Su boca se convertía en una mueca como de
vómito cada vez que despotricaba de “esos negros”. Nunca me había imaginado que
mi ídolo pudiera despertar esos sentimientos de animadversión. Es más, podría
decir que hasta ese momento yo no había
visto que Willy era negro.
miércoles, 30 de octubre de 2013
miércoles, 23 de octubre de 2013
Una razón para escribir
Cómo alguien deviene
escritor es una pregunta tal vez obligada en las entrevistas sobre la creación
literaria, pero en principio es un enigma que un lector atento busca descifrar
en la obra de los escritores que lo conmueven. La literatura nos ofrece algunos
atisbos explícitos, como es el caso de Cartas
a un joven poeta, un testimonio de los avatares a los que se debe enfrentar
un escritor en ciernes. Allí, Rainer Maria Rilke, luego de suscitarle la pasión
por capturar la belleza en imágenes, le da a su aprendiz la indicación esencial
para seguir su camino: dedicarse a la escritura sí y solo sí es lo único que
puede mantenerlo con vida, “admita que usted moriría si se le prohibiera
escribir”[1]. El
futuro escritor debe poner su vida en función de la escritura, para que esta
sea algo auténtico y no un entretenimiento pasajero.
Difundido en algunos medios
literarios, dicho precepto, en apariencia certero y bien intencionado, encierra
la falacia de que el escritor pertenece a una estirpe privilegiada. El acto de
escribir, pensado de este modo, alimenta la vanidad de los que aspiran a la eternidad.
Así, la escritura es un arreglo floral y la vida apenas un anhelo de un futuro
que rectificará el pasado. En contravía a esta corriente, existen algunos autores
que no ubicaron en el más allá la motivación de su escritura. Es el caso de Reinaldo
Arenas, quien se asumió efímero y disfrutó con fervor los placeres fugaces.
La vida del festivo
escritor cubano no estaba en función de la escritura para la consecución de un noble
ideal. Desde su infancia advirtió la cercanía de la muerte, obligar al mundo a
ser distinto por medio de las palabras fue el talismán con el que protegió su
vida. Su obra no fue una evitación o un triunfo sobre la muerte, fue la celebración
de su inmanente presencia. En su autobiografía –empezada en las azoradas noches
de la Habana cuando era un prófugo de la policía castrista y terminada bajo los
padecimientos de una enfermedad terminal en un cuarto de
Nueva York– nos da su testimonio: “La muerte siempre ha estado muy cerca de mí;
ha sido siempre para mí una compañera tan fiel, que a veces lamento morirme
solamente porque entonces tal vez la muerte me abandone”[2]. Su
escritura fue un hechizo con el que venció el miedo paralizante frente
a la acechanza de la muerte y, a la vez, el caudal que le permitió gritar lo
que el buen juicio ordenaba callar.
El germen de este ímpetu es
lo que nos insinúa en Celestino antes del
alba. Es el estreno en el ámbito editorial de Reinaldo Arenas (1968), la
primera novela de una pentagonía que no alcanzó a publicar en su totalidad. El escenario de la narración es una finca en un
alejado pueblo tropical donde habita la familia de Celestino: su abuelo, un mayoral
con todos los atributos del padre de la horda primordial; su abuela, entrenada
para odiar, se lamenta de su progenie y de lo que le ha permitido a su esposo; su
tía, una mujer burlada y deshonrada por un hombre que la abandonó; su primo, el
niño-narrador, amedrentado por los ataques de su madre y abuelos, recibe de
improvisto la gracia de poder contar la historia. En un ambiente insalubre y
amenazante, cada personaje solo desea la muerte de los otros, y la propia.
Excepto Celestino. Llegó
a la casa de sus abuelos luego de la muerte de su madre, quien compartió la
suerte de su tía, pero a diferencia de esta no quiso esperar más. Junto a la
inquina natural de sus familiares, Celestino debe soportar el oprobio por la
acción más infame, escribir: “Escribiendo. Escribiendo. Y cuando no queda ni
una hoja de mangüey por enmarañar. Ni el lomo de una yegua. Ni las libretas de
anotaciones del abuelo: Celestino comienza a escribir entonces en los troncos
de las matas”[3].
Escribir poemas fue la
ofensa mayor que Celestino infligió a sus parientes. Los vecinos dejaron de
hablarles por lo deshonroso de su conducta. “Abuela dice que se le cae la cara
de la vergüenza al pensar que a uno de sus nietos le haya dado por esas cosas.
Y abuelo (con el hacha siempre a cuestas) no hace más que maldecir”[4].
Las acciones son vertiginosas y alucinantes. En un ambiente onírico se
desarrolla la historia que no tiene principio ni final, en ella resaltan
secuencias pero solo para quedar subsumidas en una atmósfera general de acoso y
persecución. Como en Pedro Páramo,
los personajes viven como muertos y mueren para nunca descansar; no hay
posibilidad de escape.
Su primo, el niño-narrador,
es el único que lo acoge, y desde el primer encuentro descubre una cercanía profunda
con Celestino: “Y empezamos a hablar como ya estábamos acostumbrados: sin decir
ni media palabra”[5]. Aparte de compartir el lecho, los juegos, los
miedos y los sueños, Celestino se convierte en su héroe. No es un detalle menor
que la novela la narre un personaje secundario. Indica que el escritor no es el
héroe, ya que desde Homero los héroes mueren jóvenes. El escritor es quien
sobrevive para contar la historia, como en el caso de Horacio en Hamlet. Esta novela muestra que Reinaldo
Arenas también los supo, pero tal vez no
pudo sustraerse a la tentación de convertirse en héroe.
La novela escenifica la
pugna constante entre la creación y la destrucción, entre el devenir y la
eternidad. Cada vez que Celestino avanza en la escritura del poema infinito,
que no es más que la vida en busca de su realización, el Abuelo, nuevo Cronos
que devora a su prole, pasa con el hacha derribando los árboles; no sabe leer,
pero entiende que esas líneas encierran algo bello. La eternidad no permite que
la creación vea la luz, pues solo acepta la perenne repetición de lo mismo. Celestino
no teme al Abuelo, su poesía es un desafío, es el arma con la que el héroe se
enfrenta y derrota a la eternidad, por más que derrumbe todo lo que escribe. Para mí, Celestino, niño-viejo que escribe
poemas en los troncos de los árboles, es un personaje que guardo como un regalo.
Es la voluntad poética encarnada en una voz que replica la belleza de la que
carece el mundo. Su inquieto silencio, su eterno dolor nos hablan del
desgarramiento que experimentan los seres abrumados por la belleza en un entorno
que la rechaza.
Esta novela corta, o gran
poema épico, es una obra sobre el origen de la escritura. Además de recrear varios
sucesos de la infancia de Reinaldo Arenas, representa el drama de un escritor
en guerra con un sistema que lo constriñe y hostiga;
pero que, como una maldición, no puede dejar de dibujarlo en sus creaciones
literarias. Para Arenas la muerte estaba asegurada, y mientras la esperaba…
escribía. Rilke habría muerto si le hubieran prohibido escribir. Arenas por su
parte deseó la muerte cuando ya los muchachos no lo miraban en los sitios de
ligue. Hasta ahora he presentado ambas
experiencias, la de Rilke y la de Arenas, como antagónicas. En realidad, son dos
facetas distintas que conforman un mismo altar para la muerte. La primera es
una aspiración al más allá, una escritura con la eternidad como horizonte. En la
segunda, si bien habita el más acá, la tierra, el presente, la vida queda
ahogada en la omnipresencia de la muerte; al no saber vivir de otro modo que no
fuera con la muerte a cuestas, Reinaldo Arenas se bebió la vida de un solo
sorbo.
Su escritura es un sorbo,
eso sí, del mejor ron que se ha producido hasta ahora en la isla de Cuba. Desde
Celestino antes del alba, pasando por
El mundo alucinante y El palacio de las blanquísimas mofetas,
hasta llegar a su autobiografía Antes que
anochezca, su obra es una de las más intensas e imprescindibles de la
literatura latinoamericana. A parte de las comentadas aquí, pueden existir muchas
razones por las que alguien decide escribir, o tal vez no haya ninguna especial.
Devenir escritor quizá sea el producto de una serie de acontecimientos
indescifrables, o acaso solo sea el afán de un impetuoso lector que intenta
encontrar un porqué para sentarse a escribir.
[1] Rilke,
Rainer Maria (1996). Cartas a un joven
poeta. Barcelona: Norma, p14.
[2] Arenas, Reinaldo (1992).
Antes que anochezca. Barcelona:
Tusquets, p23
[3] Arenas, Reinaldo (1980). Celestino antes del alba. Caracas: Monte
Ávila editores, p16
[4] Ibíd.,
p.97
[5] Ibíd.,
p. 11
miércoles, 16 de octubre de 2013
No hay nada que ver
Por Fernando Agudelo
Considerando la inestabilidad del terreno y la imprudente
llegada de los vientos del oriente, que por ciertas épocas del año visitan las
planicies abandonadas de aquellas tierras arrasando los capotes de los autos y
los postes que sirven como tendederos de ropa, decidió construir un hogar
subterráneo. La idea no era muy original, si bien ninguno de sus vecinos lo
había hecho antes. Las ventajas eran evidentes: mucho más calor almacenado,
posibilidad de ampliación ilimitada, pero sobre todo, la certeza de poder
ausentarse en el mismo punto sin necesidad de acudir a técnicas extrañas y
excentricidades inútiles como las realizadas por algunos de sus compañeros de
estancia que habían decidido, en actitudes francamente intolerables, marcharse;
tapiar sus casas; dedicarse a labores agrícolas; construir barcos; experimentar
nuevos usos de los cardos, tales como elevarlos atados a un cordel, viajar con
ellos en los bolsillos, llevarlos a los supermercados, depositarlos en la
sección de quesos y espiar sus actuaciones o simplemente recolectarlos, hacer
bolas y dejarlos en la buhardilla hasta que optaran por separarse.
Debía elaborar un plano y seguir las especificaciones de
la arquitectura subterránea moderna que, dentro de sus nuevos lineamientos,
tanto de estructura como de ornamentación, recomienda olvidar las columnas y
soportes externos y centrarse mejor en la construcción de espacios bajos que
den al desplazamiento del cuerpo la sensación de serpiente que tanto merece y
precisa. Se establecería así todo un estilo de desplazamiento inusual que
reemplazaría la obsoleta posición simiesca y erguida que acostumbran los
habitantes de este lugar, la cual, quizás, está en la base de su necesidad de
imitar todo lo que ven y lo que no.
Pero, ¿qué reptil hace planos para vivir? Los únicos que
planean algo son los que van a pie y luego en camioneta, y no siempre les funcionan
los planes ni los planos. Lo mejor es comenzar a excavar y terminar pronto con
este techo a treinta y cinco centímetros de altura y abrir un salón lateral que
sirva de dormitorio, con un pozo profundo para usarlo como letrina, lo difícil
será sentarse. Después, construir un sendero mullido que sirva de corredor y
una dorada chimenea en el centro, excavada poco a poco y sembrada de leños
crujientes que elevarán una estilizada columna de humo evocativa de la delgadez
y austeridad espacial diseñada en la arena, amén del calor que esparcirá por
toda la casa. Así reptar será un oficio cálido.
Los niños, los fisgones del hoy y del mañana, responden
más prontamente al llamado natural y comienzan a indagar ocularmente. Con
palitos de erguén amarrados unos de otros abren agujeros del diámetro de un ojo
pequeño y observan a El Serpiente que ya se mueve de un lado a otro. Grita que les
dirá a sus papás que están destruyendo la casa de un vecino. Pero los niños
durante la comida cuentan lo que ven y los padres no pueden creerlo, teniendo
como premisa que hay que ver para creer, y no ver también para llegar a la
misma conclusión. Entonces deciden fisgonear otro día porque ya no son niños y
pueden dilatar un deseo al menos por algunas horas.
Entre tanto, los niños van lanzando sapitos y salamandras
por el agujero de la chimenea. En los documentales han visto a las serpientes
comer eso, también ratas y hombres, sólo que un papá no cabe por la chimenea,
pero un amiguito sí, por lo que hay que pensar quién sirve de comida para El Serpiente,
quien mientras tanto ha asegurado su alimentación, precaria, pues no había
pensado en ello. Siempre hay algo que se pasa por alto, y evitando pensar en
excentricidades, la comida se esfuma de la mente. Repta hasta la hornaza
dispuesta para asar los sapitos, que crujen durante algunos segundos para ser
devorados después en el salón lateral. Esta solidaridad involuntaria de los niños
sólo puede ser explicada por un instinto animal que los recorre a cada momento
como una adhesión de especie y que se va extinguiendo con los años para dar
paso a una nueva faceta de tecnología mental mecanizada que hará de ellos
adultos preocupados por llantas o transporte de quesos o maquinaria, no importa
qué. El caso es que cambian (aunque siguen siendo animales) y se les olvida que
pueden alimentar un Serpiente por el agujero de una chimenea y ver cómo dobla
la esquina de la alcoba principal para ingresar al baño donde depositará el
sobrante de los ratones y las salamandras que a fuerza de costumbre come sin
dificultad.
Hasta que un día cae un niño, o mejor lanzan a un niño o
pegan a un niño, el dato objetivo es que hay un niño asándose al carbón y no se
niega que el instinto carnívoro de un hombre es fuerte y perenne como el canto
de una cascada, así se haya convertido en serpiente, y ese olor seduce. Pero
algo por dentro, más allá de la posición corporal y de la especie animal a la
que se pertenezca, invita a abandonar el deseo de dar un buen mordisco a la
jugosa carne y desplazarse hasta la hornaza, retirar al niño y dejarlo llorar,
porque de allí no puede salir debido a su regordeta figura.
—Sí ve, por ser tan gordo no
puede moverse, le dice El Serpiente al crujiente llorón y sale arrastrándose
hacia la cocina para regresar con un poco de agua extraída del pozo
subterráneo, se la ofrece y espera a que algún papá haga cuentas, se percate de
la falta de un hijo y comience su búsqueda.
Aunque ya hay una preocupación general más apremiante que
el faltante infantil, corresponde a las autoridades sofocarla. Es inexplicable,
increíble, sospechosamente peligroso que un hombre decida enterrarse y parecer
una serpiente cuando hay muchas otras actividades más lucrativas que pueden ser
observables y criticables sin tantas dificultades. Además, no deben
incentivarse en la mente imaginativa de los niños ideas improductivas y
cercanas a una atrocidad animal sin precedentes dentro de la comunidad. Sin
embargo, conociendo bien a dicho vecino, examinando rigurosamente los recuerdos
sobre él y sus comportamientos, era previsible tal decisión.
—Era un espécimen raro desde
hace rato, dice el padre de uno de los fisgones.
—Siempre hacía cosas que
ninguno de nosotros hacía, dice otro.
El asentimiento de los padres junto con el de las madres,
confirma que el pasado de El Serpiente es mucho más bestial que su condición
actual. Por tanto, su transformación se revela ahora como una consecuencia
inevitable por ser él mismo distinto a ellos. Pero en fin, no es de identidad
ni mucho menos de detalles de personalidad en lo que se encuentran interesadas
las autoridades, sino en la manera de hacer salir, atrapar y juzgar a aquel
disociador anticomunitario de quién ahora se sabe que tiene un niño gordito en
su poder con no se sabe qué indigestas intenciones. El llanto de la madre gotea
por la chimenea y humedece los pequeños leños de El Serpiente. Aquello lo impacienta aún
más que el hecho de que no lo escuchen cuando les grita que para salir,
el malnacido culicagao entrometido este, que ya se ha vuelto aficionado a las
salamandras y las devora con fruición, debe adelgazar, porque no cabe por el
agujero de la chimenea. Nadie se explica por qué una cosa luego de entrar se
niega a salir por la misma hendidura por donde entró. Sin embargo, no
racionalicemos en un momento tan apremiante como el que vive El Serpiente con
un huésped inoportuno y hambriento.
Entre tanto, la policía, haciendo gala de su efectividad,
declara haber localizado al menor desaparecido y se apresta a rescatarlo, no
sin antes advertir la naturaleza salvaje del captor y el total desconocimiento
de las razones del rapto. Aunque hay
claros indicios, por los testimonios recabados, de los signos de perversión de
El Serpiente y el interés por hacerse a un niño como forma de aprovisionamiento
para los meses de invierno. Es decir, para servir de alimento. Esto explica
claramente que eligiera a un niño bien nutrido y no a un escuálido hijo de
padres trabajadores que probablemente solo se alimenta de cereales y arroz con
huevo. Pero estas son especulaciones de la autoridad. Los hechos son hechos y la
claridad es el signo que acompaña las devastadoras intenciones del subterráneo
hombre-serpiente. Además, un aspecto un poco más técnico se eleva dentro de la
mente perspicaz de los investigadores: la posibilidad de que el niño desarrolle
una nueva variante del síndrome de Estocolmo y decida, merced a su mente trastornada
a causa del trauma por el secuestro, no enamorarse sino identificarse con su
raptor y se transforme en una nueva cría de serpiente.
Aunque no lo crean, una preocupación similar asalta a El
Serpiente sobre el comportamiento manifestado por el niño fisgón. Pues si él
mismo decidió arrastrarse, nada, dentro de un razonamiento sano, juicioso,
ponderado, podría negar la posibilidad de que el niño se transforme en un hurón
o en cualquier otro enemigo de aquel animal que se mueve sobre su vientre, lo
que tendría como resultado un peligro inminente para su vida. Además, por la voracidad
del niño no habría nada de extraño si su hambre terminará dominando el poco
cerebro que ha desarrollado. Nunca se sabe. Por tal motivo, las raciones de
salamandras y sapitos son cada vez mayores para el niño, con el fin de
apaciguar su apetito antes de que ingresen los cuerpos de rescate, o quien
quiera que vaya a ingresar al hogar subterráneo a llevarse a la bestia.
En la superficie, los medios comienzan a cubrir la
noticia y no dejan escuchar con su alboroto los gritos de El Serpiente, la
masticación rápida del niño ni las comunicaciones de la policía que se apresta
a irrumpir en las entrañas del hogar de un desadaptado.
¿Hace calor? ¿Hace frío? ¿Llueve? A quién le importa, si
las lágrimas de una madre opacan cualquier sol o sobrepasan cualquier lluvia. Las
señoras se visten bien porque parece que ha llegado Animal Planet a filmar.
—¡Pero que no es un animal!, le
dicen las vecinas al camarógrafo.
—¡Cómo que no! Si se arrastra,
y antes caminaba en dos patas.
—Más bien es una mente criminal.
—Ah, una Criminal Mind. También sirve.
En este momento, la policía enciende periódicos para
hacerlo salir, esgrime garrotes, retira a los curiosos mientras el más
perspicaz se pregunta qué harán si cuando lo atrapen le dan la casa por cárcel;
porque no es lo mismo tener a un delincuente en la puerta de la casa, o
saliendo a la tienda, o escapando a robar otro poco que tener a una serpiente. ¿Quién
le va a hacer la visita domiciliaria o va a revisar que no tenga televisor ni
DVD ni equipo de sonido? La madre llora frente a la cámara del Animal Planet o de las mentes criminales
y pide celeridad. “¡Sáquenlo!” La policía ahora duda: una visita domiciliaria…
y si de pronto muerde, al menos ya tiene un gordo…pero el deber es el deber y
ya con las cámaras… y este relato… Hay que entrar, hay que sofocar ese
monstruo. Nadie se queda en el primero. El que prueba un niño se ceba. Así que
hay que darle en la cabeza, que las serpientes no aguantan garrotazos.
-Lo que grabe va para Animal Planet. Fílmele la cabeza
cuando lo saquen.
– Es verdad, es
cabezón el niño, ya lo filmé. Viene riendo.
Ahora traen a El Serpiente. Muerto. O parece. No lo dejan
ver. Se le nota la piel escamosa. O puede ser el pantalón.
miércoles, 21 de agosto de 2013
Junto a la pared blanca
Un
acontecimiento me sorprendió en gran medida aquella mañana: ver un gato
comiéndose una rana. Yo había madrugado mucho para llegar antes que las niñas a
la pared blanca del solar. Eran las cinco y treinta de la mañana, uno de esos
días de julio en que ya empezaba a clarear a esa hora, con un incipiente
bochorno que anunciaba la larga y calurosa jornada de verano. Cuando me
disponía a entrar en el baldío, en la semipenumbra, vi una sombra moverse entre
la hierba alta. Después de unos segundos de aventurar diversas hipótesis (una
rata, una bolsa agitada por el viento, la ilusión visual de una roca
desplazándose), vi que se trataba de un gato acechando algo entre la maleza.
Con suma suavidad y extrema concentración, el animal se dirigía hacia su
objetivo, ubicado fuera de mi campo de visión. De pronto, un cuerpo pequeño y
oscuro saltó desde la hierba. El gato, con perfecta sincronía, voló hasta
encontrarse con su presa en el aire. La atrapó con su boca mientras la
desgarraba, todavía sin aterrizar, con sus patas delanteras. Luego se acurrucó
junto a un arbusto para tomar su desayuno. Cuando logré acercarme un poco pude
ver las largas patas de una rana saliendo por un lado de la boca del felino. La
presa, a esas alturas, solo era un par de extremidades temblorosas por la
acción del furioso masticar del gato. Aún sin tragar del todo, salió huyendo
cuando me vio de reojo. Por un momento quedé paralizado. Algo se había
revolcado en mi estómago, pero no era asco, era más bien un brinco de
satisfacción por haber aprendido algo nuevo a mi corta edad: los gatos también
comían ranas. Sin embargo, al mismo tiempo, esta constatación me llenó de
aprensión hacia los gatos; desde entonces se convirtieron para mí en seres
astutos y malignos que guardan terribles secretos. Con el tiempo esta sensación
se convertiría en verdadero temor hacia esos animales. Me sacó de mi
estupefacción la intensa luz de la mañana en toda su plenitud, señal de que
pronto llegarían las niñas. Antes de esconderme en el arbusto decidí pasearme
junto a la pared blanca para explorar si había algún objeto particular.
Mientras caminaba mirando la hierba esperaba encontrar alguna señal de algo
prodigioso, pero no encontré nada. Ahora que lo recuerdo con detenimiento,
fueron dos los sucesos que me impresionaron aquella mañana. El segundo fue el
olor que había junto a la pared. Era una pestilencia agria, incluso la sentí
rebotar en mi paladar, lo cual me hizo escupir. De inmediato asocié aquel hedor
con la descomposición de cientos de cadáveres de ranas. Esa fetidez y la
consiguiente asociación acrecentaron mi curiosidad por descubrir las
actividades de las niñas cuando se escondían detrás de la pared, que del otro
lado del solar daba a la calle, y corrí a ocultarme detrás del arbusto. Desde
hacía algunos días me había percatado de que cuando íbamos caminando hacia el
colegio, en esa romería uniformada pero dividida en grupúsculos (yo siempre iba
solo), al llegar al baldío esas dos niñas se escabullían detrás de la pared,
que podría ser el último muro en pie de una demolición, o el primero de una
construcción truncada, pintado de blanco de una manera cuidadosa e impecable.
Unos instantes después salían al otro lado tomadas de la mano, muy contentas.
Yo las observaba desde la esquina sin que ellas lo advirtieran, encapsuladas en
su misteriosa complicidad. Al cabo de unos minutos las vi aparecer en el
baldío. Se ubicaron más o menos en el centro de la pared, a unos dos metros de
distancia la una de la otra, mirándose de frente. Desde donde me escondía podía
verlas de frente con solo mover un poco la cabeza de un lado a otro. Sin mediar
palabra se sacaron los calzones por debajo de la falda del uniforme y los
dejaron con cuidado sobre la hierba. Se alzaron las faldas hasta el pecho, las
sostuvieron con los codos contra los costados (aquello parecía una danza
sincronizada) y se acuclillaron separando mucho los muslos, apoyando las manos
en la rodillas para equilibrarse. Empezaron a orinar mientras se miraban y se
sonreían. En un principio sentí otro salto en el estómago (el segundo de
aquella mañana), esta vez de excitación, y tuve una erección incómoda por la
forma en que estaba agachado. Después sentí pánico al ver que sus chorros no
salían de ningún apéndice externo parecido a una manguera, sino que brotaban
del interior de sus cuerpos, pero la erección no cedió. Pensándolo bien, en
realidad fueron tres los acontecimientos que me sobresaltaron aquella mañana.
El tercero fue la visión de esos cuerpos con un diseño extraño, que destilaban
desde sus entrañas esa pestilencia que me había asaltado junto a la pared (en
una rara figuración aparecieron en mi mente, en cadena, las ranas muertas, la
pestilencia y el orín de las niñas). Yo creía saberlo todo sobre las mujeres, a
mi corta edad había tenido la oportunidad de ver a varias desnudas (a mi mamá
saliendo del baño emparamada porque había olvidado la toalla, a mi tía
cambiándose de ropa sin saber que me había escondido en el armario de rejilla,
a mis primitas saltando en la piscina inflable), pero en aquel momento, viendo
a las dos niñas, caí en cuenta de que nunca había visto a una mujer orinar. De
hecho, había completado este bache de mi aprendizaje con un sueño: mi tía
entraba corriendo al baño, donde yo jugaba con un carro, y orinaba frente a mí,
sacándose un pene de entre las ingles, desplegándolo como se hace con la
cuchilla de una navaja. Hasta aquella mañana, oculto tras el arbusto en aquel
solar, estuve convencido de la existencia de un mecanismo tal en las mujeres.
Tal vez ese pánico, que poco a poco devenía en tristeza, se debiera al hecho de
sentir cómo los sueños se estrellan contra la realidad. Cuando terminaron, las
niñas se enderezaron, dejaron caer las faldas, se pusieron los calzones y
continuaron su camino hacia el colegio, tomadas de la mano, sin dejar de sonreír.
En verdad, fueron cuatro los sucesos que me asombraron esa mañana. El cuarto
fue más tarde, cuando vi a las dos niñas saltando lazo durante el recreo,
felices, cantando un trabalenguas para acompañar el juego. En aquel momento ya
las veía como una especie de muñecos diabólicos. Este sentimiento se irradiaría
a todas las mujeres que he conocido después de mi experiencia en el solar. Con
el tiempo, al igual que a los gatos, terminaría por temerles.
miércoles, 14 de agosto de 2013
El veneno y el antídoto
La rosa púrpura de El Cairo
de Woodie Allen
En
cierta ocasión, un contertulio confesó no haber leído El Quijote. En vez de
recibir una recriminación por lo que sería un descuido imperdonable, el amable
interlocutor no solo lo admiró sino que lo envidió al evocar sus sensaciones
cuando leyó por primera vez las aventuras del hidalgo caballero. La fatalidad
que sentía Borges al acariciar los lomos de los libros que nunca leería, es
similar a la que siento cuando pienso en todas esas películas maravillosas que aún
no he visto. Afortunada o desafortunadamente, hoy he borrado una de la lista.
Durante
la semana había visto en televisión un anuncio que promocionaba un ciclo de películas
de Woodie Allen. En este, un seno gigante le tiraba leche al afamado director,
mientras el comentarista lo definía como el neurótico más aclamado del cine. He
visto pocas películas suyas, por pocas me refiero a unas veinte (que no
alcanzan a ser ni la mitad de las que ha dirigido, escrito o actuado), pero las
suficientes para reconocer en él a un bufón shakespeareano a quien más vale
escuchar. En un momento de mi vida, sus películas me parecían verbosas y
aburridas, por lo que dejé de verlas. Desde hace algunos años mi opinión ha cambiado,
y hoy me sentí privilegiado de no haber visto antes La rosa púrpura de El Cairo.
La
película es uno de los mejores homenajes que el cine se hace a sí mismo. No
solo acompañó la noche de un sábado lluvioso, sino que sus diálogos me hicieron
reír sin parar, la trama me sorprendió de principio a fin y me conmovió hasta
las lágrimas cuando la protagonista decide vivir en la realidad y no en la
ficción donde todo es posible. Sin dudarlo, yo hubiera elegido la ficción, pero
Allen es un artista que conoce el valor de no ceder a la tentación del mínimo
esfuerzo.
El
argumento es simple y eficaz. En los tiempos de la Gran Depresión en Nueva
York, Cecile, una mesera abusada por su esposo, lleva una vida mustia. A pesar
de esto, cada día es animado por la expectativa de asistir, luego del trabajo,
a la sala de cine. Allí no es una cliente más: saluda y llama por el nombre al
taquillero, al vigilante y a todos en la cafetería, donde siempre pide maíz soplado.
En el trabajo, en los pocos momentos en que logra sustraerse al asedio del jefe
y de los clientes, habla de la película más reciente con su compañera y,
mientras lo hace, su rostro resplandece. En la última semana, cada día ha ido a
ver la misma película, La rosa púrpura de
El Cairo, y mientras más la ve, mayor es su compenetración con los
personajes.
En
la casa de Cecile está su esposo ─un haragán, jugador y mujeriego que vive cómodo
gracias a ella─, había intentado dejarlo, pero el retorno fue inevitable. Un
día acontece lo inesperado pero posible en el multiverso. Había visto cinco
funciones seguidas esa tarde, cuando uno de los personajes de la película, Tom,
un arqueólogo de Chicago, aventurero y gentil, abandona la pantalla para
decirle a Cecile que la ha observado todo el tiempo y que está enamorado de
ella. La película se detiene, los actores paran el libreto y empiezan a
increpar a Tom. Los espectadores a su vez reclaman, pues no han pagado por
observar cómo los actores se quedan discutiendo. Cecile y Tom abandonan la sala
y empiezan a vivir un romance.
La
detención de la película es la noticia en todo el país. Es posible ir a la sala
y presenciar el suceso: en la pantalla ya no hay cine, solo personajes en
huelga que hablan sin libreto. Mientras
tanto, los productores ven amenazada la industria del cine y Gil, quien
interpretó el papel de Tom en la película, aparece en la ciudad tratando de
convencer a su personaje de que acepte su irrealidad y regrese a la pantalla. Tom
insiste en que está enamorado y que prefiere la libertad; ante la negativa, Gil
empieza a tramar una red más sutil: cortejar a Cecile.
Al
no tener a la mano todo lo que necesita para sobrevivir como en el cine, Tom
ingresa de nuevo a la película, pero esta vez con Cecile. Al principio los
otros actores manifiestan su rechazo por los cambios que ello traería en la
película, pero terminan por aceptarla. Cuando todo parecía encajar dentro de un
final esperado y deseado por el romántico espectador, la veleidosa fortuna
mueve sus hilos. Gil entra a la sala y le dice a Cecile que la ama y, lo más
importante, que él sí es real. Es el momento crítico, ambos quieren ser
elegidos, en apariencia son el mismo hombre, pero la disyuntiva es entre la
ficción y la realidad. Al proponerle a Cecile una vida con él en Hollywood, Gil
termina por convencerla. Ante la derrota, que es también la mía, Tom se despide
con hidalguía y regresa a la pantalla.
Ilusionada,
Cecile se va a empacar para el viaje, ahora sí con la determinación de
abandonar a su esposo. Acude puntual a la cita convenida con Gil en la entrada del
cine donde están desmontando el letrero de la película y anunciando otra.
Pregunta por él y le informan que ha partido ya… comprende el engaño. Sin nada,
tan solo con su maleta, hace lo único que alienta su vida: ver cine. Mientras
ella ve la película, nosotros vemos su rostro: contrito al principio, se transforma
hasta trasmitir la placidez y beatitud que solo brinda la percepción de la
belleza.
La
película es un juego de espejos, de dobles en conflicto. Empieza con una toma
de la cartelera del cine donde exhiben una película con el mismo nombre: La rosa púrpura de El Cairo. Es decir, vemos
la misma película que los personajes que entran a la sala, haciendo borroso el
límite entre el adentro y el afuera. Luego, al salir Tom de la pantalla, evidencia
que no solo los espectadores proyectan sus propias vidas en las historias de
los personajes, sino que los actores a su vez responden a los anhelos de los
espectadores. De esta manera, el cine existe más allá de las pantallas, en
cualquier lugar.
Con
un artificio elemental, un personaje que sale de la pantalla, Allen crea toda la
tensión de la historia. Ese acto de Tom está precedido de una determinación:
dejar de ser; la misma que enfrentó Alonso Quijano antes de convertirse en caballero
andante. Tom decide rebelarse, desafiar el destino, salirse del libreto en el
cual todo estaba decidido desde antes. Pero Allen no permitiría que nos quedáramos
con ese mensaje trivial: dejar la realidad y entrar en la ficción o abandonar la
fantasía y volvernos adultos. Para Allen el cine, la ficción, hace parte de la realidad,
no es solo su representación; es justo el lugar de donde emerge triunfante con
cada nueva obra. No vemos una película para evadirnos de la realidad, sino para
descubrir que la vida misma es tan mágica que trae consigo el veneno y el
antídoto.
Una promesa por cumplir
Semejante
a un grito burlón, la puerta se cerró con un estruendo gutural salido de una
garganta metálica, como el final de la arcada de un vómito, precedido del
chirriar de los goznes. Me sentí expulsado como un desecho, los guardias de la
prisión nunca me miraron a la cara, como si trataran con un balde de mierda.
Hace cinco minutos estoy parado en frente de la puerta de la cárcel sin saber
qué dirección tomar. No tengo más que la ropa que llevo puesta, mi billetera
con mis documentos de identidad, el dinero justo para pagar un pasaje en bus, y
una bolsa con tres pares de medias y unos pantaloncillos. En realidad, no
quería salir, me sentía a gusto adentro. Después de que te acostumbras a chupar
vergas, la vida se te hace fácil en la cárcel: dinero para cigarrillos, yerba y
comida. Lo demás es ver televisión sin hablar con nadie en el salón, acostarte
temprano y no meterte en líos. No se puede aspirar a una vida más plácida. Además,
adentro me sentía a salvo de mí mismo, protegido del hecho de verme obligado a
cumplir la promesa de terminar lo que dejé incompleto antes de llegar aquí. Al
principio, cuando me trajeron a este lugar, hacía ejercicio todas las mañanas. Mientras
corría alrededor del patio me alentaba pensando que el tiempo pasaría rápido
hasta el momento de salir para matar de verdad a Elizabeth. Lo más cabreante
del mundo es saber que estás encarcelado porque intentaste matar a alguien, no
porque solo quisieras intentarlo, sino porque de manera inexplicable una
persona se salva de un disparo en la cabeza. Y yo pagando cana, y ella muy
oronda tomando sopitas, yendo a fisioterapia. Y yo corriendo, dándole cientos
de vueltas al patio húmedo, prometiéndome acabar mi tarea en cuanto salga.
Después ya no quería salir, no solo porque había encontrado una manera
tranquila de vivir, sino también porque no quería traicionarme a mí mismo:
sospechaba que al enfrentarme con la calle me daría cuenta de que me había
acobardado. Pero también era como una especie de hastío anticipado de tener que
matarla de nuevo, o mejor dicho, matarla esta vez de verdad. Durante mucho
tiempo logré olvidarme de que algún día saldría. Hasta que una mañana me
llamaron al locutorio, donde estaba el abogado que el día de la condena me
palmeó en el hombro con desgano, con un gesto en el rostro que significaba
“esto se veía venir”, sin prometerme una apelación, diferente a lo que pasa
siempre en los juicios de las películas. Esta vez me sonrió y me abrazó para
decirme que tenía mi boleta de libertad condicional. Por una extraña razón que
no quise averiguar, él había hecho la cuenta del tiempo de la pena y el tiempo
legal para salir por anticipado. Con el mismo poder que le di para que me
representara en el juicio, además de indagar por mi comportamiento
(“impecable”, decía el informe), gestionó mi libertad. Me dio un poco de pena
por él porque no pude alegrarme. Se marchó algo desconcertado. Desde entonces
han transcurrido tres días, y ahora estoy aquí, recibiendo este sol matutino
que no quema sino que pica. No me he movido porque estoy retrasando lo que
ineluctablemente tendré que hacer. Tomaré un bus hasta el centro; de cualquier
manera enredaré al Zarco para que me alquile un revólver con la promesa de
pagarle después de terminar la vuelta. Se la pintaré tan buena y tan segura que
incluso me prestará plata, y tomaré otro bus hasta la casa de Elizabeth (por mi
hermana supe que vive aún en el mismo lugar con su mamá). Tal como lo hice la
vez anterior, tocaré el timbre, en cuanto abran patearé la puerta y la buscaré
en todas las habitaciones (según me ha dicho mi hermana, siempre está encerrada,
no puede trabajar porque quedó turuleta después del disparo). Estará viendo
telenovelas, o tomándose una de sus sopitas. Quizá ya no sea capaz ni siquiera
de sorprenderse. En esta ocasión no le dispararé una sino seis veces en la
cabeza. Estoy seguro de que de esa no se salvará. Pero en esta oportunidad no
huiré, no me esconderé, esperaré sentado en el umbral a la policía. Probablemente
en setenta y dos horas estaré de vuelta aquí. Esta puerta se abrirá de nuevo y
tendrá que volver a tragarse su vómito, los guardias tendrán que reintegrar el
balde de mierda del que creían haberse librado. Volveré a chupar vergas.
Viviré, ahora sí, tranquilo. Sin rabia. Sin promesas por cumplir.
Cuando el epílogo fue un premio
Esta historia,
Alessandro Baricco, Anagrama, 2005.
La semana pasada terminé de leer Esta historia de Alessandro Baricco. Llegó justo cuando estaba
pensando sin descanso sobre el propósito de una vida. Al terminar el libro concluí,
con seguridad, lo mismo que otros cuando han pensado sobre lo mismo: basta
tener un propósito, cualquiera, para que la vida pierda peso y gane levedad.
Pero ojo, no hablo de la levedad como aquello carente de importancia, sino como
la sonrisa presente hasta en las tareas más tediosas. Pueden ser varios,
pequeños y continuos propósitos que nos llevan de un día a otro, como volutas
de humo convirtiéndose en algodones, acariciando
nuestra piel cuando pasan. ¡Aligerar la vida es el propósito de los propósitos!,
incluso cuando no llegan a cumplirse.
El propósito es una ilusión que vuela por su propio peso, y tener
uno sosiega. ¿Cómo no sonreír a cualquier monstruo cuando conocemos el motivo
de su aparición? ¿Cómo no soportar las largas y molestas horas de un trabajo de
oficina o los desplantes de un amor, si no son más que pinceladas en un lienzo?
El héroe de cualquier aventura se siente capaz de superar innumerables pruebas,
siempre y cuando tenga la certeza de que hay un fin. Cada prueba es un peldaño
dentro de una historia, un destino parcial que tiene significado por sí mismo.
Por
cierto, si ustedes son de los que temen cuando les hablan de un libro porque
piensan que se lo estropearán, pueden estar tranquilos, nada más les contaré el
final de Esta historia, hecho que no
arruinará su lectura.
Al
final del libro, cuando Ultimo, el protagonista, muere, quedan algunas páginas
por leer, es el epílogo. Allí, Elizaveta, la amante de Ultimo, por fin
encuentra la pista de carreras que él quiso construir toda su vida y que ella
buscó parte de la suya. Después de la separación de Ultimo y Elizaveta, él le
dejó los planos del circuito en el único sitio donde ella podía encontrarlos. En
el epílogo fui un cómplice, acompañé a Elizaveta cuando gastó una parte
considerable de su gran fortuna en informantes desperdigados por todo el mundo
para buscar la pista de carreras —Elizaveta
estaba convencida de que existía el circuito aunque no tenía ninguna prueba; es
más, creía con firmeza que Ultimo lo había construido para ella—, hasta
que por fin uno de los emisarios nos informó de la existencia de un circuito
similar al de los planos. Viajamos de inmediato y encontramos una pista en
ruinas, por lo que tuvimos que pagarle a un ingeniero para restaurarla, pasamos
casi siete meses antes de poder verla en perfecto estado. Esperamos con
paciencia, alojados en un hotel del pueblo cercano, sin ver los avances de la
obra. Una vez terminada la restauración del circuito, contratamos a un piloto
de pruebas solo para ese momento y empezamos a recorrerlo a toda velocidad.
Antes
de continuar, debo contarles algunos detalles para entender la historia. Ultimo
es hijo de un entusiasta de los automóviles —ni
siquiera se puede decir «cuando apenas
había carros en las carreteras» porque
ni carreteras había—, creció embelesado
por las imágenes y experiencias de su padre; un señor tan fanático, que tenía
un taller de mecánica en un lodazal en medio del campo. El propósito de Ultimo
era construir un circuito de carreras perfecto. Una pista con una recta y
dieciocho curvas, en la que cada peralte, cada ángulo, cada entrada o salida de
una curva jugara con las emociones de quien la recorriera, o mejor, que
transmitiera la misma conmoción de los momentos más intensos de su vida. Hasta
entonces, hasta el epílogo, la vida de Ultimo puede parecer desconcertante,
pero como dice Baricco:
«[…]no se deje engañar por las
apariencias. ¿Sabe?, la gente vive muchos años, pero en realidad está
verdaderamente viva sólo cuando consigue hacer aquello para lo que nació. Antes
o después no hace otra cosa que esperar y recordar. Pero no está triste cuando
espera o recuerda».
Baricco
describe a Ultimo como a alguien rodeado por un aura extraña, un no-sé-qué que te
obliga a mirarlo cuando pasa, sobresale del
paisaje, como si viviéramos en un mundo de dos dimensiones y solo a él le
estuviera permitido ser de tres. Baricco
llama a esa aura extraña La sombra de
oro:
«Luego los dos
volvieron [el padre de Ultimo y su amigo el conde], instintivamente, hacia la
puerta, como si los reclamara algún ruido. Todo estaba en silencio; y la
puerta, abierta de par en par; y el umbral, desierto. Permanecieron un instante
con la vista clavada allí, como a la espera. Ultimo pasó por el marco de la
puerta, sin apercibirse siquiera de su presencia, atento como estaba a que no
se le cayera de los brazos el haz que llevaba. Del mismo modo en que había
aparecido, desapareció».
Ese no-sé-qué persigue a Ultimo a lo largo de toda la novela,
en los diálogos, en sus acciones, incluso cuando no hace nada, o cuando conoce
a Elizaveta. Lo lleva en la mirada, como aquel que se concentra en la diana con
la convicción de que acertará.
Elizaveta, por su parte, tiene un diario, que es la narración
en primera persona de varios capítulos del libro. Ella es y no es al mismo
tiempo la amante de Ultimo, una suerte de amor imposible que sí fue, pero de un
modo distinto al que un lector de novelas rosa esperaría. Se conocen cuando
ambos trabajan vendiendo pianos, Elizaveta da lecciones gratis para tocar el
instrumento como una manera de incitar a los clientes a comprar, mientras que
Ultimo repara los pianos averiados y conduce el camión que los transporta. Sin
ninguna razón aparente, Elizaveta decide perjudicar a todas las familias que
visitan. Ella es un peligro.
Pero bueno, mi
intención es contar solo el final de la historia y no hablaré más de Elizaveta.
Solo agregaré la siguiente cita, sin intervenciones ni comentarios, para mantenerme
a una distancia prudente de ella.
«La solución más
banal quería evitarla, pero con los Farrell no tenía ganas de inventarme nada
nuevo, era una familia aburrida, sólo quería marcharme de allí cuanto antes. El
señor Farrell seguía mirándome. Era de los que creen que antes o después
ocurrirá. Se lo hice creer. Durante un par de semanas lo mantuve a raya. Luego,
esperé a quedarme a solas con él. Me desgarré la blusa, en la parte delantera,
y le dije que o me daba veinte dólares o me ponía a gritar. De repente ya no
estaba tan seguro de sí mismo. Me dio los veinte dólares. Entonces le dije que,
ya que había pagado, podía tocar. Me puso las manos sobre el pecho. Me besó los
pezones. Ahora basta, le dije. Y me abroché la chaqueta, en la parte delantera.
Nos las arreglamos para quedarnos a solas, otras veces, aquella semana. En
todas las ocasiones, él pagaba. También me dejé tocar entre las piernas. La
última vez él sacó los veinte dólares, pero yo le dije que no quería dinero. Desabróchate
los pantalones, le dije. Él temblaba por la emoción. Luego me desgarré la
blusa, sobre el pecho. Y me puse a gritar. Llegó su esposa, con el niño pequeño
correteando tras ella. El señor Farrell intentaba subirse los pantalones. Yo
lloraba. No podía ni hablar. Hacía como que me tapaba la parte de adelante,
pero no lo hacía de verdad. Quería que ella viera lo bonitos que eran mis
pechos».
Ahora volvamos al epílogo: cuando encontramos el circuito, luego
de haberlo buscado por todo el mundo, lo recorremos los tres, Elizaveta, el
conductor de pruebas y yo. Después de encender el motor, alcanzamos gran
velocidad por la única recta, y el paisaje se desdibuja en una mezcla de
colores que combina el verde de los árboles y el amarillo de la hierba seca. El
ruido del Jaguar XK120, el intenso olor a gasolina, el velocímetro marcando su
máxima potencia, temo que no alcanzaremos ni la primera curva. Un leve descenso
en la velocidad nos permite girar, y con el estómago incendiado tomamos la
segunda curva. Freno, pedal, pedal, freno. Tendido en la cama siento una brisa
que se cuela por mi traje de piloto, tres, cuatro, diez giros… El conductor suda,
mis manos también. Pedal, pedal y con toda la aceleración necesaria para que
las dos llantas internas del auto se eleven, tomamos la última curva y caemos sin
caer, nos levantamos sin levantarnos. Escucho a Elizaveta susurrar: ¡qué cabrón! Tomamos de nuevo la recta a toda velocidad,
y sin tener tiempo de pensar estamos de nuevo en la tercera curva. Vamos más
rápido de lo que mis ojos pueden leer y recorremos una y otra vez el circuito, dibujando
con el auto una elipse en la pista.
En el circuito está toda la vida de Ultimo: la admiración por
su padre, el primer viaje con la mirada por el cuerpo de una mujer, el horror
de la guerra, el amor y la sensualidad de los mejores encuentros de su vida; todo,
y su significado es un secreto entre Ultimo, su amante y el lector. Ultimo que,
como dije, ya está muerto en el epílogo, no alcanzó a conocer el desenlace de
su circuito, pero el lector sí. Quiero decirles que para montarse en este auto es
preciso leer todo el libro, el epílogo es un regalo para quien sabe esperarlo,
de lo contrario se corre el riesgo de ser el conductor contratado solo para la
ocasión.
Quizá el
propósito de Ultimo no es lo que se espera de un héroe, como rescatar a una
princesa o liberar a un país. No. Tampoco se trata de la historia de quien se
lanza al vacío consciente de su infausto destino. El propósito de Ultimo fue
una resolución sostenida con firmeza a lo largo del tiempo, a tal punto que
jamás le importó si llegaba a cumplirlo; sin embargo, cada una de sus acciones cobró
fuerza con la sola idea de que podría hacerlo. Su vida no se detuvo cuando construyó
el circuito, la historia no acabó allí. No toda historia termina cuando el héroe encuentra lo que busca.
Para terminar, debo decirles que cuando Elizaveta tomó la
última curva y volando sin despegarse del suelo, susurró: ¡qué cabrón!, grité: ¡Hijueputa!
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